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miércoles, 28 de marzo de 2018

Del amor que guardaba a una mujer con mal hado

Mientras el infortunio de un pascuero
suicida, que en el alféizar vacila,
me enseña cuánto el miedo se cavila
al pensar: "es mejor el agujero".

Y, mientras empaqueta mi mochila,
me presagio mi viaje lo primero:
"¡Uf! Ella lo organiza, yo me muero
o nunca llego o el tren se descarrila".

¿Para mí no habrá algún saber hogaño
que me socorra?, porque es manifiesto
que esta o bien me extrema o me jubila.

¿O es que existe un amor tan grande en esto
que me engasta el temblor en la pupila,
la luz en la mañana y amor al daño?

sábado, 17 de febrero de 2018

Ciclo de sonetos del tránsito


Este conjunto de sonetos lo confeccionó el joven José María como un "ciclo" que debería, al menos, recoger algunas de sus vivencias cuando salió de Granada. Vuelve sobre sus temas preferidos y recurre a una densidad semántica que se refuerza en las recurrencias del conjunto de los cuatro poemas. Sea como fuere, no sabría decirles quién es el destinatario del tercer soneto -alteridad de sí mismo o invención poética inspirada en el romancero nuevo-, puesto que nunca volvió a su ciudad natal. Lo cierto es que recoge de nuevo algunas de sus imágenes y lexías para una nueva singladura formal donde las arquitecturas de sentidos se complementan entre sí. 

I
Yo, entonces, me soñaba tantas veces,
siembra de pensamientos sin cosecha
que esperan con las manos una fecha
por entre un mar escuálido de peces

y oscuridad despierta. Inercia. Creces;
y el alma entre las sábanas deshecha
y arrojada; y la travesía estrecha
que nunca te saciaba. Más no reces:

cada noche serás un extranjero;
y el tiempo, dando al río su sonido,
ayer, como mañana, fue venero

por la tierra de lo que siempre has sido.
Y un día llegarás por el sendero
vencedor de ti mismo y del olvido

II
Amigos, hemos ido por sus calles
tantas veces: su fuga en las montañas,
la alcazaba morisca, las extrañas
huellas, mi historia limpia de detalles

y enemigos. Memoria, no me falles:
lecturas, maestros, héroes sin hazañas
y el alma floreciendo en las entrañas,
mis viajes, reverberos por los valles

escondidos y ver soles ajenos
cada noche, últimos hogares, nombres.
El tren. Distancia y sueño en la ventana.

No podemos llevarnos el mundo. Hombres
somos. Y nada más y nada menos.
Palabras... ¡Amigos! ¡Siempre es mañana
o nunca! Mi Granada...
¡Granada de los buenos!, tierra adentro:
todo es irse, marchar sin ti, sin centro.

III
Cuando llegues, compañera, rendida
por el recorrido arduo y los errores,
allí donde se templan los albores
en el poniente de la mar vencida,

donde el puerto recluido y las barriadas
bigarradas, allí verás mi tierra
y el mar como una herida que no cierra
y un resto de colinas olvidadas.

Mira y cruza. Descansa en su bahía
y, mientras recordamos nuestra triste
ausencia, dile al acabar el día,

ante el océano en levante y en pedazos,
con la sal en los labios, que volviste 
como la hija que vuelve hacia los brazos. 

IV
Amor, para quererte te he encontrado
tantas veces. He andado por las frías
noches en las arboledas vacías,
hechas de mí por alguien ya pasado.

Porque para quererte te he perdido
cada día por mis tierras heridas
y un hondo sueño de aves no cumplidas
donde nunca volvías de mi olvido.

Te he buscado bajo la luz dormida,
en el verso temprano, en la mar pura,
entre las rosas de mi sangre oscura.

Y si es que yendo hacia ti he de perderte,
te crearé en mi soledad vencida
una y otra vez, aunque jamás despierte.

martes, 5 de septiembre de 2017

Seguidilla

Los poemas son hogares
con varias puertas:
por algunas se sale,
por otras se entra.

jueves, 13 de julio de 2017

Se fue

Se fue un día de donde yo estaba,
como los hojas que se marchan
porque ya no tienen nada que decirnos;
y el viento, porque no encontraba
el susurro sobre el árbol,
absorto e inconsciente, se quedó errando
de una parte a otra huyendo de sí mismo.

lunes, 26 de junio de 2017

Un suspiro

Un suspiro.
- Me siento muy perdida;
soy náufraga de mí... y por más que miro
va en mis ojos la estrella de un suspiro
y ante el mar tengo el alma detenida.

- ¿Tienes miedo a que en aguas sin medida
y en tierras sin posada ni retiro
navegue tu barquilla en el zafiro?
Somos siquiera un sueño con su herida...

 -…que el mar no cura. ¿A qué tan grande el mar
si entre las olas sola no me encuentro
y todo es infinito allá delante?

- ¿A qué tan grande el mar? En mar adentro
siempre tendrás otro tiempo y otro instante,
allí siempre tendrás otro lugar.

sábado, 24 de junio de 2017

Soneto en que se advierte al amigo

Advertir al amigo en la desdicha
debo en mi buen hacer para que ahueque
el ala: Ella hará que el mar se seque
y el más rechoncho perderá la chicha.

¡Que tanta adversidad la susodicha
tiene! Hará que el santo mayor peque
y vestirá de harapo al fatuo jeque;
ventura del vivo si no la espicha.

Así que, buen amigo, si te atrapa,
zafa, excusa, galopa, vuela, escapa

si puedes, que sé muy bien de lo que hablo:
yo tuve su fortuna sin ser diablo.

Con todo, cuídala. Y gasta cuidado
si no sabes lo que es tenerla al lado.

Santander

Santander, tú tenías el latido
del barquero que se adentra en la roja
tarde de la tierra heroica al mar, hoja
marinera yendo por el viento herido.

Yo te estuve en tu bahía enamorada
viendo cómo la marea se empeña
en ahondar tu cuerpo mientras sueña
un duelo eterno por la madrugada.

Santander, ya que en la distancia helada
del mundo tú la acoges y la hospedas
concédele a ella lo que a mí me diste:

sombras vitales por tus arboledas
y luz a su alma, estrella derramada
sobre la arcaica luna del mar triste.

domingo, 11 de junio de 2017

No nos llevamos nada

No nos llevamos nada.
El lugar y los días donde nacimos
nunca podrán estar más lejos.
Las calles no nos pertenecen.
Ese niño que grita no eres tú
ni podrás serlo. Las calles
tienen otras formas y otras voces.
Sueño de sendas infantiles.
¿Te has vaciado los bolsillos?
-reliquias derramadas sobre la mesilla-.
El espacio es un portalón que se va cerrando;
el tiempo, una fuente hacia el silencio.
¿Apurar el odre en esta hora
lo mismo que el sol hace con la lluvia pasada en el tejado?
El sonido se empoza dentro de sí mismo,
como la barca del pescador que solía
engolfarse sobre el susurro del mar.
El pulso se remansa sin encontrar el mar,
cada vez más lento, cada vez más débil.
El amor son regiones ya perdidas
y, al final, dios no vino.
El sexo es niebla y los hijos, mayores.
La infancia es una talega sin asas
y la juventud se resigna tras el cristal grueso de su cárcel perpetua.
Haremos como aquel perro que tuvimos
que se ovilló al fondo del pasillo
para morirse sin molestar a nadie.
El párpado está dormido -soñador acaso-
y sin madrugada.
Cerramos los ojos. La luz se queda.

El aire

¡Qué misterio, el aire!
¡Qué henchido y qué completo!
¡Qué lleno de sí mismo, el aire!
Puro alrededor y sin frontera,
el aire.
Ojo puro y peregrino que sin párpados cazcalea,
siervo inmaterial de nuestros límites,
el aire.
La sustancia hecha silencio,
el aire, el aire, el aire...

La mano tendida que fracasa
por el aire
buscando una memoria que no puede conseguir su forma
en el aire;
numen en disolución,
la carne del tiempo que nos roza,
el aire,
sueño sin centro por los aires.
¡Qué preñado de distancias! ¡Qué amor sin labios
buscando un fondo! Él, el mío;
yo, el del aire.

¡Qué frío! ¡Qué todo en sí! ¡Qué muerte la del cuerpo
dentro del aire!
Menos de mí mismo. Dios más lejos
después del aire.

sábado, 20 de mayo de 2017

Motivo extraído nº1

Se fue. Y el triste niño se le quedó mirando
sin saber si se había ido o si se estaba yendo
con su alma hacia otra parte. Morir no es un estruendo
que se va. Morir es irse sin saber cuándo.

sábado, 6 de mayo de 2017

Haikú nº 1

Más largo que un día sin pan:
la eternidad
para el hambriento.

Si acaso sabe el mar de sus extremos

Si acaso sabe el mar de sus extremos
o si es que importa el número en la arena,
-¿océano o desierto donde ensena
el alma?-, eso nunca lo sabremos.

Y sentir que sin senda nos perdemos
y ser el hondo miedo que nos llena
y esperar con los ojos otra escena
pensando que será porque seremos...

También el mar es sed por la montaña,
conciencia que fracasa en su marea
una y otra vez, lo mismo que el desierto

con su arena. ¿Y qué hacer que no sea
un camino tendido hacia lo incierto
y ser raíz desnuda en tierra extraña?

De un ángel que devolvió el alma

(a ACV, que sufrió aquel barco como un infierno)

Ángel a quien un barco dio sus salas
y un hombre guía apenas de sus manos,
entre barandas sueña los tempranos
días en los que se perdió las alas.

Hoy las pupilas tiene aún más ralas,
como si unos azules y medianos
espíritus se le hubieran malsanos
atravesado entre las tripas malas.

Yo sé que añora la lejana roca
donde sus pies firmaban su consuelo,
porque los claros ojos tiene llenos

de pasados y marea. Y lo menos
que quiere es dar el alma por la boca
por devolverlo todo al blanco cielo.  

En la tumba de Antonio Machado


Aquí yace detrás de su frontera
aquel poeta que famélico y hundido
llegó con su memoria hacia el olvido
y el alma vuelta hacia la luz primera.

Pasos dio sobre la infinita estera
castellana cantando al mar dormido
y a la fuente amplia y a la senda que se ha ido
sabiendo que ya en sus versos su alma era.

Serio y solitario y sin dar un grito,
fue quien dijo que fue sin callar nunca
lo que debe decirse entre los hombres.

Y si el camino al recodo se trunca
y oscurece, ya sombras y sin nombres
diremos: “Cuanto fui lo dejé escrito”.

jueves, 9 de febrero de 2017

Quintetos porque me dijeron

Porque mis palabras eran, dices, tan mías
que perdían su fuerza, como quien con desgana
escribe, o que por ser correcto van vacías
ellas y que en pintura son solo llamas frías
los fuegos que se trazan. Ten pues para mañana

algunos versos míos porque no sé expresarme
mejor que en este modo. Por más que hacia el olvido
el tiempo y la distancia huyan, para encontrarme,
o encontrarte, tan solo necesitas pensarme
o pensarte y encontrarnos sin habernos perdido.

sábado, 28 de enero de 2017

El sauce de Perséfone (Romance)

EL SAUCE DE PERSÉFONE

(Siempre encontré un hierro
escondido en las íntimas raíces
de todo misterio, 
JMN)


PRIMERA PARTE

En un cabo de la vega
yace el sauce centenario.
En el otro está la aldea.
Tierra es donde tiene el tiempo
greyes blancas que campean
y un aprisco resguardado
por si raya la tormenta,
donde las barquillas labran
la corriente que las sueña
y donde el fiero arado urde
los temperos de la siembra
con una ficción de espigas
de luz y oro que se siegan.
Si no reina la sequía
y si es favorable la era,
su pan se ganan jornada
a jornada sin urgencias.
La labranza y la fatiga
entre sombras la sestean
mientras el sol se atardece,
y a la noche, si se tercia,
se reúnen y platican,
y los críos entre estrellas
chillan, brincan y retozan
alrededor de una hoguera.
Sanciona una voz perdida:
entre iguales no hay pobreza.
El esparto es de las madres,
los peroles, de la abuela.
Siglos en la luz sin verbo.
En un cabo está la aldea
y en el otro extremo el sauce
centenario en su leyenda,
donde oscilaron a veces
en maromas sombras hueras.
Todo habla en la luz del día
para la mirada atenta:
una fuga entre los ojos
y la astrosa vestimenta
y la aldea detrás suya
y entre las manos la cuerda,
que si traen el pesar dentro
el alma traen por fuera.

Vino el mozo que en amores
carga el desamor a cuestas
y el desdén en ceremonia
y una carta con su letra:
Que ni vivo ni me quiero
si no vivo en quien me quiera.
Aquí yo sea sin destino.
Un viento. Risa de yerba
por el sauce. ¿Qué te ríes
de mi desventura inmensa?
Vuelve el mozo su camino
de camino hacia la aldea.

Con la asadura podrida
vino aquél de la taberna
solo, gordo como él solo.
El dolor que no me deja
que la muerte lo soporte.
Un aire. El árbol retiembla.
Quita, quita, cacho gordo,
que no hay rama que te tenga,
que con tu mitad me combas
y completo tú me quiebras.
Mejor te ardan unos fuegos
que acrisolen estas penas,
que en ceniza todo es viento,
que en el polvo nada pesa.
La soga es recia, la rama
cede y da con él en tierra.
¡Maldito sea el ramal
y el árbol y la madera!
La maroma vuelve al sauce
y otra segunda chasquea,
y al final, peso abajo, la
rama que troncha tercera
con un golpe duro y seco
le remata la cabeza.

También vino el conde antiguo
que perdió la feroz guerra,
marcial, grave y sostenido.
Mientras la soga reniega
y aparta: Es menos sufrida
la pistola y más benévola.
Para quitarme la vida
estas manos son primeras.

Y el del augurio funesto
quiso echar también su lengua
aunque nunca se atrevió.
Y la madre que en la puerta
de su habitación los rostros
mortajó del hambre ciega.
Y los que aireó el oficio
coronados por las cuervas
y una brisa de muñecos.
Vamos-dijo uno con befa-
que el señor exige santos.
Y el que atesoraba enferma
a la mujer en el lecho:
Toma, coge mi corteza,
que si las fiebres no sana,
al menos temple su vela.

Vino en una tarde clara
una mula gabarrera
con su gabarrero triste.
Apronta la horca severa
y algo torpe se coloca
sobre su inocente bestia.
Cielo, casi una oración
y con una zanca arrea.
Aprieta los ojos bizcos.
Reprime. La mula quieta.
Contrariado la conmina,
pero, absorta, ni se entera.
Suspira: Salvo de la horca
el cuello por mula necia.
Arre, vamos, que el hogar
ya crepita y se impacienta.


SEGUNDA PARTE

Aquí viene la doncella.
Con el sol en su silencio,
para que no la sientan,
descalzada se ha marchado.
Con un oreo trae las prendas
como de ropas tendidas
y abismada la presencia
y no sé qué espina aguda
que la impulsa y que la inquieta
y un hachón tenue y encendido
para no perder la senda.
Porque no ha dormido en meses
trae ojos de noche negra.
Porque aún es una niña
con sus signos de coqueta, 
sobre las aguas cerradas,
aguas hoscas que no espejan,
con los dedos por el hombro
se acaricia la melena.
De sus mejillas las lágrimas
surte que en el mar no cuentan,
y mientras retoma el paso
tienta y bisbisea y piensa.
¿Qué tienes, niña? ¿Qué lloras?

Yo tenía mis caléndulas
gavilladas, y ya no.

Grande no será la pena,
que cuando los años son
pocos no hieren las ofensas.

Era de avecica, madre,
la sangre sobre la tela.

Suelta, arroja lo más lejos
de tus puños esa prieta
gargantilla. Sólo guarda
sed avara de inocencia
y un cruel y áspero desierto
que no acaba. Deja, deja.

Que yo no quería, madre,
esta falta que me pesa.

Que aquí, de niña, tu madre
esparció su infancia tierna,
que por aquí cruza cándida
la algazara de la escuela, 
que aquí verán tus hijos
el sol en su cumbre abierta. 
Que no sea aquí tu muerte
bajo el sauce. Deja, deja.

Traición de uno de los míos,
que no hay mayor tragedia;
dos veces llevo mi sangre
dentro de mis entretelas.

No eches sobre sus raíces
pardas la pupila ajena.

Quiero arrancarme las carnes,
madre, con todas mis fuerzas
y llenarme la garganta
con el sueño de la acequia;
que quiero morirme, madre,
por que nadie me amanezca,
dar la vida por la boca
hasta que al final me pierda
y la fuente de mis ojos
liberar para que vuelva.

No levantes aquí, triste
niña, tu tumba aérea,
que para morir los jóvenes
ya tenéis la vida entera.
Dogal que echa, dogal es que
se derrama y se regresa 
hacia sus manos. Al sauce,
con su lástima de fiera,
lanza su mirar oscuro:
¿Qué no quieres que me muera?
Con su sino ya pensado
tira el cinto, que le aprieta.
Más voluntad que deseo,
prepara, dispone y cuelga
en la soga el leal cuello.
Buscando tierra y alma nuevas
en un rapto se decide.
No se vea. Que no se vea
ahora cómo el relámpago,
cómo los astros se cierran,
cómo se marchita el tiempo,
cómo se empoza la estela,
cómo pierde cuerpo el alma, 
cómo se queda, ella, muerta. 
Pom. Pom. Esta sombra, 
no la suya, para ella era.
El pelo cobrizo al alba
y los brazos blancos quedan,
y los pies con verdería
bajo de la airada recta.
De mineral o hierro helado,
que los vientos balancean,
da el badajo en la campana
con sus pies en la madera.
Pom. Pom. Levedad.

Entre vahos se despereza
en su fondo el gabarrero
con su mula gabarrera,
y al salir por la mañana
el paso dormido acerca
reclamado por su letanía.
Pom. Pom. Ella. Ella.
Esta es sobrina de aquel
y la pobre hija de aquella.
Hermosura para muertos,
para muertos una reina.
La desciende con cuidado
como a vencida riqueza.
En la mula cadenciosa
bajo una manta cubierta
de regreso la traslada,
que en otro lado está su aldea.

Motejado por su oficio
yo quizás os escribiera
que vio pasar la redonda
luz de estirpes andariegas
y el crecerse de los campos
y los ciclos por la esfera.
Pero no fue así la historia.
Empezó con unas secas
ramas en que se advertía
eterno el sueño de piedra
perenne que después vino.
Y me escribo en la sospecha
de que no quiso ver más
cómo se abrían las tierras, 
para no presenciar nunca
otro infierno en primavera,
ni ser el verdugo inerte 
de sus teatros en tinieblas
ni cadalso vegetal
ni ser la letanía hueca
de la vega, ni del pueblo
ni del cuerpo en la madera.
Para no ver (Pom. Pom.)
cómo los muertos rezan.

domingo, 1 de enero de 2017

Sol de invierno, si luna equivocada

Sol de invierno, si luna equivocada
eres, o vano frío en las entrañas,
o eres nido de lúgubres arañas,
sé luna equivocada y luz cerrada.

Pero despiértala. La tumba abierta
es tan grande que hasta ella cabe dentro.
Arrecidos pasos sin voz ni encuentro
llevan el ataúd de mamá muerta.

Si luz, despierta su alba de ojos verdes
como todas las mañanas... Su mano.
El mundo. Vamos, niño, que te pierdes.

Vieja angustia infantil en el mercado.
¡Mamá, tu mano! Sombras. Infinito.
Que me pierdo, mamá, dame tu mano.

domingo, 2 de octubre de 2016

Cuento de los Poemas a Ellas (MSGJL)

-Cuento de alguien sobre 5 escenas elementales-

I (TIERRA)(M)

Mucha edad no tenía y lejos se perdió,
buscando fin al bosque o término al camino
o el hogar escondido o la madre y el reló
que esperaban sentados. Marchó porque no vino.

Se marchó buscando algo eterno tras un monte;
y la madre que inquieta desespera en los huecos
del hogar le suplica su rostro al horizonte,
su voz al viento: "¿Está su boca con los ecos

jugando?, ¿es que sus pasos ya no quieren volver?
¿o es que volver no pueden?, ¿los pasos leves dónde
se esconden?, ¿dónde está mi amado amanecer?".
Y la tierra, que es muda, se calla y no responde.


II (AGUA)(S)


Vástago de las sendas y lejos del hogar,
llegó a la orilla sola y entre las olas vaga.
Y buscando algo en ellas echa su vela al mar,
pero el mar no lo quiere y airado lo naufraga.

Su sueño sin riberas, la abandonada espuma
que lo prohíja en su condena sin sentencia,
y el grito y la esperanza que desespera en suma,
y allí sólo se siente el mar que le silencia.

Pensaba: "Quien se arraiga a solas ya está muerto.
Me arrojo al mar y en él guardará su voz mi alma."
En las olas dibuja una estela sin puerto
y la inquieta mirada busca en la mar en calma.


III (AIRE)(G)


Con el rostro salino regresó algo distante,
pidiendo aliento al aire y pasos a la tierra.
Las gentes le preguntan: "¿Qué buscas, caminante?
Notamos en tu rostro que en tu alma una gran guerra

se libra sin piedad, ¿o acaso no lo sabes?"
Dentro de su silencio calla, pues no responde
a sus vagas preguntas. Y mirando a las aves
advierte que el camino pesa sin saber dónde.

Siguiéndolas encuentra un fiero precipicio:
"Como las aves siempre vuelven con su alto vuelo,
yo quisiera sus alas por volver al principio."
Y se arroja a los vientos mirando al ancho cielo.



IV (FUEGO)(J)

Con sus años llegó y el pecho sin alientos,
con el juicio quemado y el cansancio  en las piernas
de la tierra a su espalda, del mar y de los vientos.
Delante de un incendio, con sus llamas eternas,

piensa: "Quizás el fuego sea la verdad honesta
que se guardan las almas, el sueño conocido
y último que sospecha de nuestra vida impuesta;
y, al final, regresar todo cuanto hemos sido".

Con decisión se arroja a su última ventura.
Su cuerpo ya sin forma, aïres abrazados
que recogen su voz en la encarnada altura,
sus átomos sin copla y los sueños cerrados. 


V (LUZ)(L)

Con la muerte en las manos llegó al último paso.
Recuerda cuanto ha visto y enfrente se arrodilla.
Y dios en su silencio pregunta su fracaso. 
Responde con tristeza, con agua en la mejilla:

"No quiero el tiempo cruel ni tu templo extranjero
-ojalá que no todo muriese en tus estrellas-;
no quiero el verbo limpio de tu claror primero
ni tu eternidad. ¡Dios!, déjame volver con ellas".

domingo, 25 de septiembre de 2016

Ve lentamente hacia ti misma

(ABMM) 


No sé si te dije alguna vez que somos
fragmentos de una pregunta que nadie hizo,
- quizás sea más bien que no recordamos
quién nos la dijo en su principio,
quién nos la dejó aquí, huérfana y desnuda,
entre las manos-.
No lo sé, la verdad, pero lo supongo.
Hoy te escribo sin destinatario,
porque sé que en nuestros laberintos
no hallaremos jamás un centro.
Pero a veces se escribe
desde la boca del hambre,
caos original de todos los deseos que mueve en su vacío;
y se escribe desde los brazos de Dios,
mármol sin sangre que va creando destinos sin formas;
y se escribe desde la luz sin verbo
que se derrama sin palabras por encima de todas las cosas;
y se escribe desde la herida invisible del recuerdo,
como el sueño que en la mañana va cerrándose
hoja a hoja, hora a hora hacia su olvido.
Te escribo porque a veces
sentimos que seamos una sombra
sembrada en lo más profundo
de la ausencia.

II

Ve lentamente hacia ti misma,
hacia el yo que espera
o hacia el tú imposible.

¿Dónde iremos a buscar? me dices.
¿El cuerpo?, codicia ciega de luz,
desecho de espinas y relámpagos,
es apenas una criatura
temblando en la espesura oscura,
Y el alma - ¿Alma? No sé; esta parte que te escribe
y que al intuirla me sospecha,
cristal impreciso y raíz en tierra extraña-
es una barca, sed de diferencias,
suficiente por sí misma,
entre las olas sola y entregada
al mismo tiempo a la inmensidad del mar.
Siento no poder decirte dónde ir a buscar.
Palabras, palabras, palabras…
que son como ondas en el agua,
que tiemblan en su medio
y hacen ecos a su modo,
para luego siempre ir hacia su olvido
en ese mar invertebrado de un océano sin causa.

Ve lentamente hacia ti misma:
por encima del tiempo consumido,
consumado,
allí está el yo que espera,
habitación de tu misterio
y potencia pura de tus días.

Ve lentamente hacia ti misma
Por debajo del espacio que hace presas
con su prosa transparente,
allí está el tú imposible,
que te niega con el suspiro de los ojos
en un cristal disperso de lo propio.
Yo siempre me digo:
 los ojos no envejecen nunca,
y cerrarlos es abrirlos en los de otro.

Ve lentamente hacia ti misma:
hacia lo otro de nosotros,
hacia el gran libro del mundo
por donde la voluntad hizo los caminos
de tus huellas venideras.
Ya ves, los libros son siquiera cuevas
alumbradas por las conciencias que los adentran,
y el mundo es un gran silencio.
Yo he sentido en ocasiones lo espantoso
del silencio, pero siempre supe que
late al menos el corazón de quien lo escucha.

Ojalá pudiera darte tu nombre verdadero,
el de ayer, el de antes
de que nos conociéramos,
que es el mismo que estará después de nosotros,
el que tú tenías antes de todo
para cuando ya no estemos.

III

Hoy recuerdo que tú también rescatabas frases
para la copa de tu náufrago secreto,
y las transformabas en oraciones
para esos dioses pequeños que andan
perdidos en tu infinitud.
Tiempo vendrá en que seamos si ahora no somos,
y un día vendrás traspasada de los años pasajeros,
pero vencedora de ti misma,
y detenida ante tu puerta,
con el espíritu firme, el gesto convencido,
la mirada serena,
dirás: “esto es lo que he sido”.

Palabras, palabras, palabras…

Hoy te escribo a la melancolía,
aunque no sepa cómo hacerlo.
Supongo que la poesía son palabras
para aquello que aún no tiene nombre,
- acaso sea un cuaderno para dibujar
 la silueta de nuestra eternidad-.
Si te soy sincero, yo voy buscando apenas
unos pocos y dispersos destellos de belleza,
momentos que se conviertan,
con el tiempo, en palabras en el tiempo.

Este poema nunca podrá ser como
la música que amas,
- la música es algo más allá-,
y nunca será bello e infinito por sí mismo,
sino breve burbuja de palabras en su aire.
La belleza que buscaba,
-que nunca estuvo en los sermones de los sabios-
tu belleza hecha en lo eterno
era, verso a verso,
ver al poema morir entre tus labios. 

sábado, 20 de agosto de 2016

Maestro Manrique

MAESTRO MANRIQUE

I
Recuerdo tu viejo verso
que leí por vez primera
cuando niño,
y que daba sin reverso
aquella ciencia severa
con cariño.
Recuerdo sentir la vida
con la prisa de quien lleva
cinta en halda,
como un sueño con su herida
que no cierra, siempre nueva
y a mi espalda

II
Los efímeros estados
los perfiles y los muros,
¿son guardianes?
Los concurridos mercados
que devanan los futuros
con afanes,
los espejos, los guarismos,
las monedas suspirando
que dejamos
y cuanto en nosotros mismos
se refugia, ¿para cuándo
los guardamos?

III
Honorables, deportistas,
faraones, seguidores
que se fueron,
abogados y turistas,
profetas y pescadores
que murieron,
los monumentos floridos,
los rascacielos regentes
ahora añejos:
todos quedaron -latidos
y sombras sin continentes
a lo lejos.

IV
Es destino de los hombres
fiar sus horas en altares
inconstantes:
perderemos nuestros nombres,
aunque pobres y vulgares
lleguen antes.
¿A qué, sin pulso, grabado
el bravo gesto fruncido
en un busto?
Todos vamos sin cuidado
caminando hacia el olvido,
que es más justo.

V
Mas yo siento que mi muerte
no quiere ir con la sentencia
que te escribo;
que el dolor mío revierte
sobre mí y en su residencia
es más vivo.
Voces solas, sus acentos:
cada uno la suya lleve
sin pesar;
yo columbro pensamientos
como quien busca una leve
senda al mar.

VI
Como el tenaz campesino
que en su grave esfuerzo labra
tierra aceda,
mi alma espera su camino
al final de una palabra:
todo queda.
Nuestros pasos sin posada,
los recuerdos sin extremos
ni su casa,
y atrás vuelta la mirada
por aquello que perdemos:
todo pasa.

VII
Maestro, perduran las hojas
y las estaciones bellas
son iguales.
Perviven las tardes rojas,
aunque ahora las estrellas
son mortales.
Aún silban las murallas
y relumbran los alcores
que pisabas,
y los ríos y las sayas.
Aún siguen los amores
que cantabas.

VIII
Te han cantado los eximios
don Francisco, don Antonio,
don Rubén,
y aun estos versos nimios
que no quieren testimonio
ni su quién.
Me llevo, con rostro serio
por la singladura humana,
sin querer,
tu poesía y magisterio,
siempre en marcha de mañana
para ayer.

Maestro, si vieras...
                                -"Antaños
legué mis versos. Entero
fue el tiempo y viví mis años.
Pasó mi era. Voz no quiero."