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domingo, 11 de junio de 2017

No nos llevamos nada

No nos llevamos nada.
El lugar y los días donde nacimos
nunca podrán estar más lejos.
Las calles no nos pertenecen.
Ese niño que grita no eres tú
ni podrás serlo. Las calles
tienen otras formas y otras voces.
Sueño de sendas infantiles.
¿Te has vaciado los bolsillos?
-reliquias derramadas sobre la mesilla-.
El espacio es un portalón que se va cerrando;
el tiempo, una fuente hacia el silencio.
¿Apurar el odre en esta hora
lo mismo que el sol hace con la lluvia pasada en el tejado?
El sonido se empoza dentro de sí mismo,
como la barca del pescador que solía
engolfarse sobre el susurro del mar.
El pulso se remansa sin encontrar el mar,
cada vez más lento, cada vez más débil.
El amor son regiones ya perdidas
y, al final, dios no vino.
El sexo es niebla y los hijos, mayores.
La infancia es una talega sin asas
y la juventud se resigna tras el cristal grueso de su cárcel perpetua.
Haremos como aquel perro que tuvimos
que se ovilló al fondo del pasillo
para morirse sin molestar a nadie.
El párpado está dormido -soñador acaso-
y sin madrugada.
Cerramos los ojos. La luz se queda.

sábado, 20 de mayo de 2017

Motivo extraído nº1

Se fue. Y el triste niño se le quedó mirando
sin saber si se había ido o si se estaba yendo
con su alma hacia otra parte. Morir no es un estruendo
que se va. Morir es irse sin saber cuándo.

sábado, 28 de enero de 2017

El sauce de Perséfone (Romance)

EL SAUCE DE PERSÉFONE

(Siempre encontré un hierro
escondido en las íntimas raíces
de todo misterio, 
JMN)


PRIMERA PARTE

En un cabo de la vega
yace el sauce centenario.
En el otro está la aldea.
Tierra es donde tiene el tiempo
greyes blancas que campean
y un aprisco resguardado
por si raya la tormenta,
donde las barquillas labran
la corriente que las sueña
y donde el fiero arado urde
los temperos de la siembra
con una ficción de espigas
de luz y oro que se siegan.
Si no reina la sequía
y si es favorable la era,
su pan se ganan jornada
a jornada sin urgencias.
La labranza y la fatiga
entre sombras la sestean
mientras el sol se atardece,
y a la noche, si se tercia,
se reúnen y platican,
y los críos entre estrellas
chillan, brincan y retozan
alrededor de una hoguera.
Sanciona una voz perdida:
entre iguales no hay pobreza.
El esparto es de las madres,
los peroles, de la abuela.
Siglos en la luz sin verbo.
En un cabo está la aldea
y en el otro extremo el sauce
centenario en su leyenda,
donde oscilaron a veces
en maromas sombras hueras.
Todo habla en la luz del día
para la mirada atenta:
una fuga entre los ojos
y la astrosa vestimenta
y la aldea detrás suya
y entre las manos la cuerda,
que si traen el pesar dentro
el alma traen por fuera.

Vino el mozo que en amores
carga el desamor a cuestas
y el desdén en ceremonia
y una carta con su letra:
Que ni vivo ni me quiero
si no vivo en quien me quiera.
Aquí yo sea sin destino.
Un viento. Risa de yerba
por el sauce. ¿Qué te ríes
de mi desventura inmensa?
Vuelve el mozo su camino
de camino hacia la aldea.

Con la asadura podrida
vino aquél de la taberna
solo, gordo como él solo.
El dolor que no me deja
que la muerte lo soporte.
Un aire. El árbol retiembla.
Quita, quita, cacho gordo,
que no hay rama que te tenga,
que con tu mitad me combas
y completo tú me quiebras.
Mejor te ardan unos fuegos
que acrisolen estas penas,
que en ceniza todo es viento,
que en el polvo nada pesa.
La soga es recia, la rama
cede y da con él en tierra.
¡Maldito sea el ramal
y el árbol y la madera!
La maroma vuelve al sauce
y otra segunda chasquea,
y al final, peso abajo, la
rama que troncha tercera
con un golpe duro y seco
le remata la cabeza.

También vino el conde antiguo
que perdió la feroz guerra,
marcial, grave y sostenido.
Mientras la soga reniega
y aparta: Es menos sufrida
la pistola y más benévola.
Para quitarme la vida
estas manos son primeras.

Y el del augurio funesto
quiso echar también su lengua
aunque nunca se atrevió.
Y la madre que en la puerta
de su habitación los rostros
mortajó del hambre ciega.
Y los que aireó el oficio
coronados por las cuervas
y una brisa de muñecos.
Vamos-dijo uno con befa-
que el señor exige santos.
Y el que atesoraba enferma
a la mujer en el lecho:
Toma, coge mi corteza,
que si las fiebres no sana,
al menos temple su vela.

Vino en una tarde clara
una mula gabarrera
con su gabarrero triste.
Apronta la horca severa
y algo torpe se coloca
sobre su inocente bestia.
Cielo, casi una oración
y con una zanca arrea.
Aprieta los ojos bizcos.
Reprime. La mula quieta.
Contrariado la conmina,
pero, absorta, ni se entera.
Suspira: Salvo de la horca
el cuello por mula necia.
Arre, vamos, que el hogar
ya crepita y se impacienta.


SEGUNDA PARTE

Aquí viene la doncella.
Con el sol en su silencio,
para que no la sientan,
descalzada se ha marchado.
Con un oreo trae las prendas
como de ropas tendidas
y abismada la presencia
y no sé qué espina aguda
que la impulsa y que la inquieta
y un hachón tenue y encendido
para no perder la senda.
Porque no ha dormido en meses
trae ojos de noche negra.
Porque aún es una niña
con sus signos de coqueta, 
sobre las aguas cerradas,
aguas hoscas que no espejan,
con los dedos por el hombro
se acaricia la melena.
De sus mejillas las lágrimas
surte que en el mar no cuentan,
y mientras retoma el paso
tienta y bisbisea y piensa.
¿Qué tienes, niña? ¿Qué lloras?

Yo tenía mis caléndulas
gavilladas, y ya no.

Grande no será la pena,
que cuando los años son
pocos no hieren las ofensas.

Era de avecica, madre,
la sangre sobre la tela.

Suelta, arroja lo más lejos
de tus puños esa prieta
gargantilla. Sólo guarda
sed avara de inocencia
y un cruel y áspero desierto
que no acaba. Deja, deja.

Que yo no quería, madre,
esta falta que me pesa.

Que aquí, de niña, tu madre
esparció su infancia tierna,
que por aquí cruza cándida
la algazara de la escuela, 
que aquí verán tus hijos
el sol en su cumbre abierta. 
Que no sea aquí tu muerte
bajo el sauce. Deja, deja.

Traición de uno de los míos,
que no hay mayor tragedia;
dos veces llevo mi sangre
dentro de mis entretelas.

No eches sobre sus raíces
pardas la pupila ajena.

Quiero arrancarme las carnes,
madre, con todas mis fuerzas
y llenarme la garganta
con el sueño de la acequia;
que quiero morirme, madre,
por que nadie me amanezca,
dar la vida por la boca
hasta que al final me pierda
y la fuente de mis ojos
liberar para que vuelva.

No levantes aquí, triste
niña, tu tumba aérea,
que para morir los jóvenes
ya tenéis la vida entera.
Dogal que echa, dogal es que
se derrama y se regresa 
hacia sus manos. Al sauce,
con su lástima de fiera,
lanza su mirar oscuro:
¿Qué no quieres que me muera?
Con su sino ya pensado
tira el cinto, que le aprieta.
Más voluntad que deseo,
prepara, dispone y cuelga
en la soga el leal cuello.
Buscando tierra y alma nuevas
en un rapto se decide.
No se vea. Que no se vea
ahora cómo el relámpago,
cómo los astros se cierran,
cómo se marchita el tiempo,
cómo se empoza la estela,
cómo pierde cuerpo el alma, 
cómo se queda, ella, muerta. 
Pom. Pom. Esta sombra, 
no la suya, para ella era.
El pelo cobrizo al alba
y los brazos blancos quedan,
y los pies con verdería
bajo de la airada recta.
De mineral o hierro helado,
que los vientos balancean,
da el badajo en la campana
con sus pies en la madera.
Pom. Pom. Levedad.

Entre vahos se despereza
en su fondo el gabarrero
con su mula gabarrera,
y al salir por la mañana
el paso dormido acerca
reclamado por su letanía.
Pom. Pom. Ella. Ella.
Esta es sobrina de aquel
y la pobre hija de aquella.
Hermosura para muertos,
para muertos una reina.
La desciende con cuidado
como a vencida riqueza.
En la mula cadenciosa
bajo una manta cubierta
de regreso la traslada,
que en otro lado está su aldea.

Motejado por su oficio
yo quizás os escribiera
que vio pasar la redonda
luz de estirpes andariegas
y el crecerse de los campos
y los ciclos por la esfera.
Pero no fue así la historia.
Empezó con unas secas
ramas en que se advertía
eterno el sueño de piedra
perenne que después vino.
Y me escribo en la sospecha
de que no quiso ver más
cómo se abrían las tierras, 
para no presenciar nunca
otro infierno en primavera,
ni ser el verdugo inerte 
de sus teatros en tinieblas
ni cadalso vegetal
ni ser la letanía hueca
de la vega, ni del pueblo
ni del cuerpo en la madera.
Para no ver (Pom. Pom.)
cómo los muertos rezan.

lunes, 25 de enero de 2016

Cierto día la muerte vino a llevársela. Ella la miró y dijo: "Pues vamos, rapidito, que no tengo todo el día".

viernes, 29 de marzo de 2013

LUZ SIN VERBO


LUZ SIN VERBO

I
La luna vino al campo sin saberte,
con su canto de piedra derramada,
y un aliento de jazmín como si nada
erró, mientras, sin lágrima en tu muerte.

Su jaspeada lengua de azabache
nos ha dejado la noche por las ramas,
y un sepelio de brillo en las retamas
plañendo en el sereno cambalache.

¿Ves esta alegre aurora
de pomelo, jilgueros y albedrío?
¿Sientes el silvestre rumor del ciervo
paciendo por el río?
¿No adviertes, hijo mío, que te ignora
esta soberbia esfera
que descubre la tierra donde habitas
con una luz sin verbo? 
¿Es que no ves sus manos infinitas
pulsando tu crespón de primavera?
Entiendo que no duela:
Al aire, el otoño. Al mar, la vela. 

II 
Fuiste un nombre y solo un nombre,
en la altura gris del ángel,
y un tizne de umbral y médula
en su estrépito sin sangre.
Por su escándalo de azogue,
por donde halló tu voz el margen,
todos marchan con sus cosas,
cada día y no te saben.
Si te vieron, no se acuerdan.
Sin embargo por mis calles
van tus sueños y tu sombra,  
va tu infancia por los parques,
con tus vinos más tempranos,
y un rubor de joven carne,
que fue ausencia si te fuiste
al fragor de las ciudades.
Y un puñal de espacio dijo:
“No te alejes ni te afanes,
una vida tan ligera,
hijo, tiene el final grave”,
mientras por quedar quedaron
los veranos familiares.
Y tu noche prematura  
regresó para quedarse
por la vía polvorienta.
Y volviste con la imagen
de la muerte, que va siempre
con sus muertos por delante.
Y tú eras todos los muertos.
Y yo era todas las madres,
que lloran sobre la lengua 
muda con los brazos grandes.
Y el alma sonaba a nunca,
en tu medra de cadáver,
y el óbito sonó a siempre
por el vidrio sin paisaje.
Tranquila quebró al final
en la campana la tarde.

III
Con el tiempo te han brotado unos dientes
de crudas siemprevivas,
y un lozano terciopelo de esmeralda,
que son de ti sin serlo,
que son de ti sin serte.
Un beso
que escarba tus fragmentos de esfinge y hueso,
ha esparcido tus cristales
por toda la extensión del campo,
y eres
un polvo insomne que fecunda el aire
con acordes de desgracia peregrina.
¿y eres campo acaso?
¿O es que el campo es nuevo en ti?
No ha clausurado la brisa su garganta,
ni ha variado el arroyo su elocuencia de calcita.
Tampoco palidecen las montañas
en su distancia azul.
Pero tú, puérpera vorágine sin juicio ni sentidos,
¿qué triste inocencia tuya abona
a ranúnculos ingratos e ignaras azaleas?
En tu sabiduría
despeñada,
eres tantas cosas que por ser, no eres.
La tierra te ha uncido en un sínodo de átomos fruncidos,
que pululan como esquirlas por el valle,
y ha deshecho tus límites de roca desvaída,
como el hombre en la herradura finada del caballo.
No fuiste la barba de espuma de un mar anciano,
porque él  siempre deja crecer sus festones entrecanos,
porque el mar es como un niño que arrepentido devuelve lo que quita,
para siempre volverlo a arrebatar.
Pero los hombres no volvemos.
Nuestro surco no encorva su resuelto lomo. Solo el viejo.
En un océano de crueles geometrías,
una recta inexorable,
el punto,
el límite
el instante,
el recuerdo,
y nada.
Y el mar,
siempre en un undívago sosiego, siempre el mar.
¿y nosotros? niebla al fondo de sí mismo.
¿y yo? custodio de tu última apariencia,
el postrer vértice en un reguero de torrentes arrojados.
¿y tú, quimera volante mía? Eres una golondrina rezagada
que en el mar se adentra, mar profundo, 
para no volver.
Supongo que no hay mal en llorar los sueños escritos
en una inmensidad de olvido.

IV 
Mi endecha y voz doliente, quiera ir por donde vaya,
es tu sombra, es mi verbo para este triste modo,
campo donde el alma grita, donde el cielo calla...
... es triste pensar que en mí tú has de morir todo.

lunes, 10 de septiembre de 2012

RECUERDO DE RECUERDOS

Aquel ciprés mustio, aquel sauce blanco,
serán ojos acaso de mi entierro,
donde el viento silba en el agua estanco,
donde la tierra inspira sus encuentros.

Difusas sombras, afónicos llantos,
y lágrimas de nata de mi invierno
con que el olvido marcha perfumando,
para morir recuerdo de recuerdos.

Letea muerte, eterno sueño oscuro,
de las cumbres a los abismos siendo,
de las soledades del cielo al mar.

Sedente lápida, raíz de un muro,
hoy ya solo cincel de tus adentros,
y surcos en la arena. Nada más.