LUZ SIN VERBO
I
con su canto de
piedra derramada,
y un aliento de
jazmín como si nada
erró, mientras, sin
lágrima en tu muerte.
Su jaspeada lengua de azabache
nos ha dejado la noche por las ramas,
y un sepelio de brillo en
las retamas
plañendo en el sereno cambalache.
¿Ves esta alegre
aurora
de pomelo, jilgueros y albedrío?
¿Sientes el silvestre
rumor del ciervo
paciendo por el río?
¿No adviertes, hijo mío, que te ignora
esta soberbia esfera
que descubre la tierra donde habitas
con una luz sin verbo?
¿Es que no ves sus
manos infinitas
pulsando tu crespón
de primavera?
Entiendo que no duela:
Al aire, el otoño. Al
mar, la vela.
en la altura gris del ángel,
y un tizne de umbral y médula
en su estrépito sin sangre.
Por su escándalo de azogue,
por donde halló tu voz el
margen,
todos marchan con sus
cosas,
cada día y no te
saben.
Si te vieron, no se
acuerdan.
Sin
embargo por mis calles
van tus sueños y tu
sombra,
va tu infancia por
los parques,
con tus vinos más
tempranos,
y un rubor de joven carne,
que fue ausencia si te
fuiste
al fragor de las
ciudades.
Y un puñal de espacio dijo:
“No te alejes ni te
afanes,
una vida tan ligera,
hijo, tiene el final
grave”,
mientras por quedar
quedaron
los veranos familiares.
Y tu noche prematura
regresó para
quedarse
por la vía
polvorienta.
Y volviste con la imagen
de la muerte, que va
siempre
con sus muertos por
delante.
Y tú eras todos los
muertos.
Y yo era todas las
madres,
que lloran sobre la
lengua
muda con los brazos
grandes.
Y el alma sonaba a
nunca,
en tu medra de
cadáver,
y el óbito sonó a
siempre
por el vidrio sin paisaje.
Tranquila quebró al
final
en la campana la
tarde.
de crudas
siemprevivas,
y un lozano
terciopelo de esmeralda,
que son de ti sin
serlo,
que son de ti sin
serte.
Un beso
que escarba tus
fragmentos de esfinge y
hueso,
ha esparcido tus cristales
por toda la extensión
del campo,
y eres
un polvo insomne que fecunda el aire
con acordes de desgracia peregrina.
¿y eres campo acaso?
¿O es que el campo es
nuevo en ti?
No ha clausurado la brisa su garganta,
ni ha variado el
arroyo su elocuencia de calcita.
Tampoco palidecen las
montañas
en su distancia azul.
Pero tú, puérpera
vorágine sin juicio ni sentidos,
¿qué triste inocencia
tuya abona
a ranúnculos ingratos e ignaras azaleas?
En tu sabiduría
despeñada,
eres tantas cosas que por ser, no eres.
La tierra te ha uncido en un sínodo de átomos fruncidos,
que pululan como esquirlas por el valle,
y ha deshecho tus límites de roca desvaída,
como el hombre en la herradura finada del caballo.
No fuiste la barba de espuma de un mar anciano,
porque él siempre deja crecer
sus festones entrecanos,
porque el mar es como un niño que arrepentido devuelve lo que quita,
para siempre volverlo a arrebatar.
Pero los hombres no volvemos.
Nuestro surco no encorva su resuelto lomo. Solo el viejo.
En un océano de
crueles geometrías,
una recta inexorable,
el punto,
el límite
el instante,
el recuerdo,
y nada.
Y el mar,
siempre en un undívago sosiego, siempre el mar.
¿y nosotros? niebla
al fondo de sí mismo.
¿y yo? custodio de
tu última apariencia,
el postrer vértice en un reguero de torrentes arrojados.
¿y tú, quimera
volante mía? Eres una golondrina rezagada
que en el mar se
adentra, mar profundo,
para no volver.
Supongo que no hay mal en llorar los sueños escritos
en una inmensidad de
olvido.
IV
Mi endecha y voz
doliente, quiera ir por donde vaya,
es tu sombra, es mi verbo
para este triste modo,
campo donde el alma grita, donde el cielo calla...
... es triste pensar
que en mí tú has de morir
todo.



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