viernes, 29 de marzo de 2013

LUZ SIN VERBO


LUZ SIN VERBO

I
La luna vino al campo sin saberte,
con su canto de piedra derramada,
y un aliento de jazmín como si nada
erró, mientras, sin lágrima en tu muerte.

Su jaspeada lengua de azabache
nos ha dejado la noche por las ramas,
y un sepelio de brillo en las retamas
plañendo en el sereno cambalache.

¿Ves esta alegre aurora
de pomelo, jilgueros y albedrío?
¿Sientes el silvestre rumor del ciervo
paciendo por el río?
¿No adviertes, hijo mío, que te ignora
esta soberbia esfera
que descubre la tierra donde habitas
con una luz sin verbo? 
¿Es que no ves sus manos infinitas
pulsando tu crespón de primavera?
Entiendo que no duela:
Al aire, el otoño. Al mar, la vela. 

II 
Fuiste un nombre y solo un nombre,
en la altura gris del ángel,
y un tizne de umbral y médula
en su estrépito sin sangre.
Por su escándalo de azogue,
por donde halló tu voz el margen,
todos marchan con sus cosas,
cada día y no te saben.
Si te vieron, no se acuerdan.
Sin embargo por mis calles
van tus sueños y tu sombra,  
va tu infancia por los parques,
con tus vinos más tempranos,
y un rubor de joven carne,
que fue ausencia si te fuiste
al fragor de las ciudades.
Y un puñal de espacio dijo:
“No te alejes ni te afanes,
una vida tan ligera,
hijo, tiene el final grave”,
mientras por quedar quedaron
los veranos familiares.
Y tu noche prematura  
regresó para quedarse
por la vía polvorienta.
Y volviste con la imagen
de la muerte, que va siempre
con sus muertos por delante.
Y tú eras todos los muertos.
Y yo era todas las madres,
que lloran sobre la lengua 
muda con los brazos grandes.
Y el alma sonaba a nunca,
en tu medra de cadáver,
y el óbito sonó a siempre
por el vidrio sin paisaje.
Tranquila quebró al final
en la campana la tarde.

III
Con el tiempo te han brotado unos dientes
de crudas siemprevivas,
y un lozano terciopelo de esmeralda,
que son de ti sin serlo,
que son de ti sin serte.
Un beso
que escarba tus fragmentos de esfinge y hueso,
ha esparcido tus cristales
por toda la extensión del campo,
y eres
un polvo insomne que fecunda el aire
con acordes de desgracia peregrina.
¿y eres campo acaso?
¿O es que el campo es nuevo en ti?
No ha clausurado la brisa su garganta,
ni ha variado el arroyo su elocuencia de calcita.
Tampoco palidecen las montañas
en su distancia azul.
Pero tú, puérpera vorágine sin juicio ni sentidos,
¿qué triste inocencia tuya abona
a ranúnculos ingratos e ignaras azaleas?
En tu sabiduría
despeñada,
eres tantas cosas que por ser, no eres.
La tierra te ha uncido en un sínodo de átomos fruncidos,
que pululan como esquirlas por el valle,
y ha deshecho tus límites de roca desvaída,
como el hombre en la herradura finada del caballo.
No fuiste la barba de espuma de un mar anciano,
porque él  siempre deja crecer sus festones entrecanos,
porque el mar es como un niño que arrepentido devuelve lo que quita,
para siempre volverlo a arrebatar.
Pero los hombres no volvemos.
Nuestro surco no encorva su resuelto lomo. Solo el viejo.
En un océano de crueles geometrías,
una recta inexorable,
el punto,
el límite
el instante,
el recuerdo,
y nada.
Y el mar,
siempre en un undívago sosiego, siempre el mar.
¿y nosotros? niebla al fondo de sí mismo.
¿y yo? custodio de tu última apariencia,
el postrer vértice en un reguero de torrentes arrojados.
¿y tú, quimera volante mía? Eres una golondrina rezagada
que en el mar se adentra, mar profundo, 
para no volver.
Supongo que no hay mal en llorar los sueños escritos
en una inmensidad de olvido.

IV 
Mi endecha y voz doliente, quiera ir por donde vaya,
es tu sombra, es mi verbo para este triste modo,
campo donde el alma grita, donde el cielo calla...
... es triste pensar que en mí tú has de morir todo.

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