(ABMM)
I
No sé si te
dije alguna vez que somos
fragmentos
de una pregunta que nadie hizo,
- quizás sea
más bien que no recordamos
quién nos la
dijo en su principio,
quién nos la
dejó aquí, huérfana y desnuda,
entre las
manos-.
No lo sé, la
verdad, pero lo supongo.
Hoy te
escribo sin destinatario,
porque sé
que en nuestros laberintos
no
hallaremos jamás un centro.
Pero a veces
se escribe
desde la
boca del hambre,
caos original
de todos los deseos que mueve en su vacío;
y se escribe
desde los brazos de Dios,
mármol sin
sangre que va creando destinos sin formas;
y se escribe
desde la luz sin verbo
que se
derrama sin palabras por encima de todas las cosas;
y se escribe
desde la herida invisible del recuerdo,
como el
sueño que en la mañana va cerrándose
hoja a hoja,
hora a hora hacia su olvido.
Te escribo
porque a veces
sentimos que
seamos una sombra
sembrada en
lo más profundo
de la
ausencia.
II
Ve
lentamente hacia ti misma,
hacia el yo
que espera
o hacia el
tú imposible.
¿Dónde
iremos a buscar? me dices.
¿El cuerpo?,
codicia ciega de luz,
desecho de
espinas y relámpagos,
es apenas
una criatura
temblando en
la espesura oscura,
Y el alma -
¿Alma? No sé; esta parte que te escribe
y que al intuirla me sospecha,
cristal impreciso y raíz en tierra extraña-
es una
barca, sed de diferencias,
suficiente
por sí misma,
entre las
olas sola y entregada
al mismo
tiempo a la inmensidad del mar.
Siento no
poder decirte dónde ir a buscar.
Palabras,
palabras, palabras…
que son como
ondas en el agua,
que tiemblan
en su medio
y hacen ecos
a su modo,
para luego
siempre ir hacia su olvido
en ese mar
invertebrado de un océano sin causa.
Ve lentamente
hacia ti misma:
por encima
del tiempo consumido,
consumado,
allí está el
yo que espera,
habitación
de tu misterio
y potencia
pura de tus días.
Ve
lentamente hacia ti misma
Por debajo
del espacio que hace presas
con su prosa
transparente,
allí está el
tú imposible,
que te niega
con el suspiro de los ojos
en un cristal
disperso de lo propio.
Yo siempre
me digo:
los ojos no envejecen nunca,
y cerrarlos
es abrirlos en los de otro.
Ve
lentamente hacia ti misma:
hacia lo
otro de nosotros,
hacia el
gran libro del mundo
por donde la
voluntad hizo los caminos
de tus
huellas venideras.
Ya ves, los
libros son siquiera cuevas
alumbradas
por las conciencias que los adentran,
y el mundo
es un gran silencio.
Yo he
sentido en ocasiones lo espantoso
del
silencio, pero siempre supe que
late al
menos el corazón de quien lo escucha.
Ojalá
pudiera darte tu nombre verdadero,
el de ayer,
el de antes
de que nos
conociéramos,
que es el
mismo que estará después de nosotros,
el que tú
tenías antes de todo
para cuando
ya no estemos.
III
Hoy recuerdo
que tú también rescatabas frases
para la copa
de tu náufrago secreto,
y las
transformabas en oraciones
para esos
dioses pequeños que andan
perdidos en
tu infinitud.
Tiempo
vendrá en que seamos si ahora no somos,
y un día
vendrás traspasada de los años pasajeros,
pero
vencedora de ti misma,
y detenida
ante tu puerta,
con el
espíritu firme, el gesto convencido,
la mirada
serena,
dirás: “esto
es lo que he sido”.
Palabras,
palabras, palabras…
Hoy te
escribo a la melancolía,
aunque no
sepa cómo hacerlo.
Supongo que
la poesía son palabras
para aquello
que aún no tiene nombre,
- acaso sea
un cuaderno para dibujar
la silueta de nuestra eternidad-.
Si te soy
sincero, yo voy buscando apenas
unos pocos y
dispersos destellos de belleza,
momentos que
se conviertan,
con el
tiempo, en palabras en el tiempo.
Este poema
nunca podrá ser como
la música
que amas,
- la música
es algo más allá-,
y nunca será
bello e infinito por sí mismo,
sino breve
burbuja de palabras en su aire.
La belleza
que buscaba,
-que nunca
estuvo en los sermones de los sabios-
tu belleza
hecha en lo eterno
era, verso a
verso,
ver al poema
morir entre tus labios.
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