domingo, 25 de septiembre de 2016

Ve lentamente hacia ti misma

(ABMM) 


No sé si te dije alguna vez que somos
fragmentos de una pregunta que nadie hizo,
- quizás sea más bien que no recordamos
quién nos la dijo en su principio,
quién nos la dejó aquí, huérfana y desnuda,
entre las manos-.
No lo sé, la verdad, pero lo supongo.
Hoy te escribo sin destinatario,
porque sé que en nuestros laberintos
no hallaremos jamás un centro.
Pero a veces se escribe
desde la boca del hambre,
caos original de todos los deseos que mueve en su vacío;
y se escribe desde los brazos de Dios,
mármol sin sangre que va creando destinos sin formas;
y se escribe desde la luz sin verbo
que se derrama sin palabras por encima de todas las cosas;
y se escribe desde la herida invisible del recuerdo,
como el sueño que en la mañana va cerrándose
hoja a hoja, hora a hora hacia su olvido.
Te escribo porque a veces
sentimos que seamos una sombra
sembrada en lo más profundo
de la ausencia.

II

Ve lentamente hacia ti misma,
hacia el yo que espera
o hacia el tú imposible.

¿Dónde iremos a buscar? me dices.
¿El cuerpo?, codicia ciega de luz,
desecho de espinas y relámpagos,
es apenas una criatura
temblando en la espesura oscura,
Y el alma - ¿Alma? No sé; esta parte que te escribe
y que al intuirla me sospecha,
cristal impreciso y raíz en tierra extraña-
es una barca, sed de diferencias,
suficiente por sí misma,
entre las olas sola y entregada
al mismo tiempo a la inmensidad del mar.
Siento no poder decirte dónde ir a buscar.
Palabras, palabras, palabras…
que son como ondas en el agua,
que tiemblan en su medio
y hacen ecos a su modo,
para luego siempre ir hacia su olvido
en ese mar invertebrado de un océano sin causa.

Ve lentamente hacia ti misma:
por encima del tiempo consumido,
consumado,
allí está el yo que espera,
habitación de tu misterio
y potencia pura de tus días.

Ve lentamente hacia ti misma
Por debajo del espacio que hace presas
con su prosa transparente,
allí está el tú imposible,
que te niega con el suspiro de los ojos
en un cristal disperso de lo propio.
Yo siempre me digo:
 los ojos no envejecen nunca,
y cerrarlos es abrirlos en los de otro.

Ve lentamente hacia ti misma:
hacia lo otro de nosotros,
hacia el gran libro del mundo
por donde la voluntad hizo los caminos
de tus huellas venideras.
Ya ves, los libros son siquiera cuevas
alumbradas por las conciencias que los adentran,
y el mundo es un gran silencio.
Yo he sentido en ocasiones lo espantoso
del silencio, pero siempre supe que
late al menos el corazón de quien lo escucha.

Ojalá pudiera darte tu nombre verdadero,
el de ayer, el de antes
de que nos conociéramos,
que es el mismo que estará después de nosotros,
el que tú tenías antes de todo
para cuando ya no estemos.

III

Hoy recuerdo que tú también rescatabas frases
para la copa de tu náufrago secreto,
y las transformabas en oraciones
para esos dioses pequeños que andan
perdidos en tu infinitud.
Tiempo vendrá en que seamos si ahora no somos,
y un día vendrás traspasada de los años pasajeros,
pero vencedora de ti misma,
y detenida ante tu puerta,
con el espíritu firme, el gesto convencido,
la mirada serena,
dirás: “esto es lo que he sido”.

Palabras, palabras, palabras…

Hoy te escribo a la melancolía,
aunque no sepa cómo hacerlo.
Supongo que la poesía son palabras
para aquello que aún no tiene nombre,
- acaso sea un cuaderno para dibujar
 la silueta de nuestra eternidad-.
Si te soy sincero, yo voy buscando apenas
unos pocos y dispersos destellos de belleza,
momentos que se conviertan,
con el tiempo, en palabras en el tiempo.

Este poema nunca podrá ser como
la música que amas,
- la música es algo más allá-,
y nunca será bello e infinito por sí mismo,
sino breve burbuja de palabras en su aire.
La belleza que buscaba,
-que nunca estuvo en los sermones de los sabios-
tu belleza hecha en lo eterno
era, verso a verso,
ver al poema morir entre tus labios. 

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