Sea porque carezco de la formación precisa o sea porque no me he concedido un tiempo prudente para reflexionarlo, desconozco ahora mismo la serie de contingencias históricas que configuraron al héroe moderno. En cualquier caso, éste dista algunos palmos de los héroes clásicos: Hércules no deja de ser un saqueador forzudo y el Cid, un advenedizo mercenario. El héroe de nuestro tiempo no es alguien que debiera medrar con el latrocinio o la muerta ajena, por legítimos o inevitables que parezcan; y aun cuando éstos casos sucedieren, es comprensible que haya quien se lamente por cuanto pudiera haberse prevenido. En cualquier caso, si los héroes clásicos se erigían sobre los muertos, el héroe moderno se yergue sobre la vida. Sería conveniente ahora que reflexionasen sobre sus héroes infantiles y cómo éstos procuraban en su épica salvar cuanto les permitía su titánico esfuerzo. Aún digo más, reparen en todos aquellos héroes anónimos con los que conviven, que no son sino aquellos que están dispuestos hacia el bien común (aunque tal vez me fuera más propio decir que son aquellos inclinados a evitar el mal común). Supongo que el laicismo ha hecho su parte, impeliendo al hombre a tomar parte en las tragedias, ya en su previsión ya en su enmienda.
No me quisiera extender más. Permítanme recalcar lo expuesto. Desconozco sus causas, pero le guardo la mayor de las estimas a la labor tácita de los siglos humanos por haber construido este pequeño héroe moderno que no conoce alteridades esenciales y que sostiene la más amplia de las pretensiones. Estos "héroes" anacrónicos que se alimentan con los muertos, vengan de donde vengan, no pertenecen a mi Historia y, si coincidís conmigo, diremos que tampoco pertenecen a la nuestra.
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