- Buenas tardes, Aurelio. No se preocupe que no tardaremos mucho.
- Tranquilo, tranquilo. Tengo tiempo de sobra. Estoy intrigado por saber qué quieres de mí, porque, que yo sepa, no nos conocemos.
- Bueno, sólo le haré unas preguntas. ¿Qué podría contarme del tiempo que pasó aquí con José María Novall?
- ¿José María? ¿El viejo José María? Hace años que salió de aquí. ¿Cómo está?
- No está, quiero decir, que se murió.
- Entiendo. Debía haberlo supuesto al ver que venías preguntando por él. Si estuviera vivo, le preguntarías a él mismo ¿o no?
- Pues no lo sé. Supongo que igualmente hubiera venido para comprobar que lo que me hubiera contado fuese cierto.
- ¿Y qué quieres saber? Este sitio es pequeño, no hay mucho para divertirse, pero siempre pasan cosas, demasiadas. De José María tengo un millón de cosas para contar; vas a estar aquí hasta que se me acabe la condena.
- No sé. Si le soy sincero, yo no lo llegué a conocer; apenas unas horas. Me dejó sus escritos al morir, así que no lo conozco mucho más allá de ellos.
- Puto José María... ¿seguía escribiendo el viejo cascarrabias ese? Aquí siempre se las hacía para estarse escribiendo en una esquina. Tenía al guardia quemado pidiéndole siempre una "resmilla" de papel, y el guardia, que era cateto entre catetos, lo linchó hasta que le dio por mirar un día el diccionario. Un tiempo que se le jorobó el brazo, lo veías escribiendo con sudores con la zurda, con tanto esfuerzo que pensé que se las estaba haciendo de pintor. Así que vienes preguntando a alguien a quien no conoces por alguien a quien no conoces y sin saber lo que buscas. Con la cara de siglo que me traes... estás más perdido que una monja en una guerra.
- ¿Cara de siglo?
- Es una de las muchas chirigotas que José María soltó por aquí. Algunas todavía las puedes oír por aquí, de boca en boca, como si el viejo José María hubiera soltado un eco. Muchos nos reíamos con sus bobadas y poesías, y nos entretenía otro tanto con ellas. A veces nos contaba historias, y como nos tenía a todos atendiendo como no hicimos ninguno en la escuela, lo dejaban hacer. Otras veces destripaba en cinco minutos a medio país. Creo que gracias a eso salvó sus años aquí, porque ese hombre no estaba hecho para esto. Con ser bueno y gracioso se las apañó.
- ¿No tendrá usted, o alguien por aquí, los escritos esos que me dice?
- ¡Qué va! Los papeles que leía luego los usaba para limpiarse la mierda del ojete. Yo le pregunté una vez que por qué lo hacía y me dijo: "la espada la lleva el capitán y no el herrero". Desde entonces lo di por gallareta. Pero ese era el viejo José María. De vez en cuando soltaba una chaladura que era para encerrarlo. Como aquella vez que en la cantina nos soltó un sermón sobre la vida. Parece que lo estoy viendo, con los ojos entornados, el mentón subido y la mano de cura dando el oficio. Fue más o menos así: "Cuando se quieran ver del hombre las lóbregas raíces, anótese con qué diferencia se cuenta o se vive la vida de cada uno. Un andoba va a contarla y no termina nunca de hacerlo por lo extenso, y otro andoba viene de vivirla y le sobra el tiempo". Yo me lo aprendí así: la vida es demasiado larga para contarla y demasiado breve para vivirla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario