Idiota era una buena persona, aunque era idiota. Hubiese llevado una vida mediana si no fuera por el insólito y asombroso hecho de que todo el mundo cierto día decidió tomar su nombre. "Seamos como Idiota" o "sin duda Idiota es un nombre agradable y sonoro" eran algunas de las razones que se podían escuchar y por las cuales todo el mundo acabó por ser idiota. Pero Idiota, el original y verdadero, viendo el sinsentido de que todos tuviesen el mismo nombre, puesto que ya no podían llamarse unos a otros sin que con ello acudiese todo el mundo al mismo tiempo, decidió otro buen día cambiarse el suyo para solventar su situación.
Inteligente era, a pesar de serlo, buena persona. Hubiera llevado por fin una vida mediocre y sin distinciones si no hubiese sido por el repetido acontecimiento de que todo el mundo, de nuevo, decidió tomar su nombre. Entre "Inteligente es un nombre rotundo y distinguido", "hay mucho valor en querer ser un poco Inteligente" y otros tantos argumentos, todo el mundo acabó por segunda vez teniendo el mismo nombre: inteligente. Pero Inteligente, cansado de que su apelativo perdiese su valor en la boca de tantos, decidió al final despojarse de todos sus nombres y vivir sin ellos. Todo el mundo, con razón, se espantó: "Estar sin nombre, ¡qué locura! ¡Habrase visto!", "¡Dios nos guarde de vivir sin nombres!". Harto de comentarios y murmuraciones, se marchó, pero cuando todo el mundo quiso llamarlo para saber qué nombre había elegido para sustituir a los anteriores ya no pudieron hacerlo.
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