martes, 5 de abril de 2016

A vosotros, mis alumnos

No quisiera decir aquí mucho:
Este poema, destacado por lo lírico más que por cualquier otro rasgo, creo recordar que nació, como imagen, en alguna de las clases que pasé de prácticas en el instituto Severo Ochoa de Granada. Una ventana por donde solía perderme, y algún árbol deshojado por donde trinaban esos pajarillos, fueron alimento de la idea. Sin embargo, de no ser por la luminosa respuesta de los alumnos a los que di clase, las pobres y breves notas seguramente hubiesen acabado arrumbadas entre otros tantos garabatos y sueños sin cuerpo ni palabra, esperando mayor fortuna y mejor inspiración. La alegría de su sencillez, la firmeza de su participación, el desafío de su competencia y, en todo y sobre todo, el sentimiento de su compañía, me motivaron a recuperar aquella imagen, desarrollarla y escribirla, y en el último día con ellos, leerles como agradecimiento una poesía. 
El poema tendrá sus errores, como quiera que no haya obra perfecta ni habitación sin sombras, más aún en quien tiene por oficio trabajar con prisa y sin costumbre; y porque la oportunidad de esta enriquecedora experiencia no se la debo únicamente a Lucía Moreiras Rodríguez, a Ana María Linares Rivas, y a sus alumnos, aunque sí en su mayor e inestimable parte (a quienes iba dirigido el poema que les lego), tengo a bien que lo lea y lo escuche quien así lo quiera.  
Decía un maestro, bajo cuyo magisterio escribo, que: 

"...Dejar quisiera 
mi verso, como deja el capitán su espada: 
famosa por la mano viril que la blandiera, 
no por el docto oficio del forjador preciada."

Quiero decir, que si mis versos han de recorrer espacios que jamás les quise, más allá de aquella mañana en la que les dediqué su lectura, ellos guarden su memoria, la de los niños, y no la mía.



"Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma
(A. Machado)

Ayer sonaba un ritmo de lluvia en la ventana:
alborean las calles y el sueño se desvela
de los niños, antiguo rumor que de la escuela
trae la triste hondura de la estación lejana. 

Van entrando y, tras ellos, la amplia puerta se cierra
con un silencio grave que tímidos jilgueros
van quebrando; yo, mientras, pensaba en los primeros
tesoros que la aurora vierte sobre la tierra.

En el patio invernal reinaba un chopo agudo
al cual las inclemencias del frío dieron mengua:
árbol sin hojas es como un hombre sin lengua
por donde pasa el viento sobre el misterio mudo.

¡Triste arbolillo mío!, árbol mudo que entonces
penaba sin amor, con soledad de faro,
la noble pobreza de su cuerpo enjuto y claro
en un anhelo limpio de los remotos bronces.

Recuerdo que solían algunos pajarillos
posarse. No sabría enunciaros sus nombres.
En la ciudad olvidan tantas cosas los hombres
con tal de no pensar como esos pajarillos.

Alegre pajarillo que va de rama en rama,
de oro en oro, con pies tan ágiles y suaves
-la ligereza es norma en verbos, años y aves-
que parece encenderse como una breve llama.

¿Se posa? No lo creo; más bien es como un beso
que retoza buscando una dorada sombra.
No tiembla el chopillo. Habla: "¿Quién me besa? ¿Quién nombra
mis ramas viejas? ¿Quién? ¿Quién me pisa sin peso?".

Un beso. Asoma el sol. Claridades rojizas.
La luz que estaba quieta tirita y reverbera,
¡y parece que ha vuelto la tierna primavera!;
se reprende: "árbol viejo, ¿por qué te ruborizas?"

Tantas aves se posan en su mañana lenta
que parece tener, inquieto, escalofríos
en los lisos extremos de sus brazos vacíos.
¿El número? No importa. Los besos ¿quién los cuenta?

Alguna gritería los asusta y se marcha
la bandada canora. El arbolillo entero,
melancólico, da su adiós largo y sincero
temblando con un sueño de lágrimas o escarcha.



Supongo que ese día fue algún día en mi historia,
un día entre vosotros de ese tiempo ya nuestro
cuando nuevo y joven jugaba a ser maestro.
¿Quién sabe las razones de la oscura memoria?

Si vivir es hacer caminos del recuerdo,
-un alumno curioso pregunta alguna cosa,
la tarde que declina, florece aquella rosa-,
soñar es querer ir donde sin querer me pierdo.

Y porque todo pasa -así tiene que ser;
las cosas importantes se aprenden muy despacio-
y porque todo queda: -la lengua es un palacio-
escribo vuestras voces en este amanecer.

Ni siquiera recuerdo qué imagen detentaba:
¿unas palabras sabias? ¿extensos comentarios?
¿Pregonaba yo aún mis aires literarios?
"Que guardéis las preguntas", "que el amor no se acaba".

Seguramente os dije: "si se aprende a mirar
la vida es más sencilla: el ojo no deja huella,
pero ¿quién no ha pisado jamás alguna estrella?",
"solo un sitio tiene una sola orilla, y es el mar."

Hoy, sin embargo, es otro el centro de mi empeño:
pediros que seáis buenos y que viváis con calma,
suspirad por un libro, leed el final de un alma.
Veréis labrada vuestra vida en la voz del sueño.

Y si es que nos cruzamos un día muy temprano,
-porque en nuestras vidas todo bien puede ser-
solo decidme amables al levantar la mano:
"¡Maestro!, ¡maestro!, como decíamos ayer..."

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