"... es como aquel peregrino, romero de mil patrias, que se halló al final de sus días ya cansado de buscarle las veredas a un país lejano. Yo no sabría contaros ahora cuántas puertas cruzó, las sierras que tramontó, ni el número de gentes y comarcas que lo guardaron, pero no faltaremos a la verdad con decir que en cada oportunidad que preguntó, nunca supo nadie guiarle hasta aquella región inestimable de la que había hablar cuando niño. Él se siente entonces envejecido y traicionado, y se sienta a la vera del camino para reposar. Un pastor que lo vio porque pasaba, se le acerca, y como en el campo todavía era costumbre preguntar qué mal pesa a quien se ve tan contrito, el hombre detiene su cayado y le pregunta las razones de su postración. Nuestro peregrino le relata sucintamente, porque su pesar no le deja, su búsqueda. Después de haberlo escuchado, el pastor sonríe y aún empieza a sonrojarse y a reírse. Nuestro peregrino, que se extraña con cierto enfado, le pregunta qué es lo que le hace tanta gracia, si no lo movía a compasión su malgastada y vagabunda historia, a lo que el pastor respondió: 'Buen hombre, la región de la que habláis, viendo el camino por el que os he visto llegar, mucho me temo que acabáis de salir de ella'. Porque él ya la había cruzado sin saberlo."
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