DÍA DEL LIBRO 2016
Reseña: Corniche Kennedy, de Maylis de
Kerangal.
Edición: Gallimard Folio
Año de publicación: 2008
Fecha de la edición: 2015
Nº de páginas: 180
Tapa blanda
Hoy celebramos, como todos los años,
el Día del Libro. ¿Qué mejor ocasión, pues, para hablar sobre mi
última lectura?
Empecemos por su autora: Maylis de
Kerangal. Vaya nombre, ¿no? Uno peculiar. Desde luego, al menos yo
no he tenido la oportunidad de conocer a muchas personas que
respondan al mismo.
Sin embargo, no, no es este nombre tan
extraño el que me ha llevado hasta esta ella. De hecho, la conocí
en unas circunstancias que tal vez me hubieran hecho salir corriendo
de su obra, si no fuera porque soy una gran devoradora de literatura
(bueno, últimamente intento recuperar un poco el retraso que tenía,
vayamos poco a poco), y me amoldo a lo que sea. Tuve que hacer, para
una asignatura del máster que aún me queda por terminar, una reseña
de su libro Réparer les vivants, que acababa de ser publicado
recientemente, a principios del 2014, y que justamente iba a ser
presentado por la propia escritora en el Instituto Francés de
Madrid. Daba la casualidad de que una de mis profesoras iba a
entrevistarla con motivo de dicha presentación, y nos invitó a ir,
cómo no, al acontecimiento, para escuchar y ver a Maylis en persona.
Para quien no sepa nada de ella
todavía, no carece de méritos, ya que ha recibido, únicamente por
el título que acabo de mencionar, varios premios literarios
nacionales y algunas de sus obras están adaptadas ya tanto a la gran
pantalla como a la escena teatral. En pocos años ha conseguido un
renombre considerable en la literatura de lengua francesa.
El caso es que, al margen de lo tedioso que puede resultar que te obliguen a leer – esto es un debate ya más que machacado por lectores, estudiantes y profesores-, mucho más que te obliguen a escribir algo sobre un libro que tal vez ni siquiera te guste, disfruté enormemente de éste. Fue todo un descubrimiento. Encontré en Réparer les vivants un estilo y una simbología fresca, joven pero al mismo tiempo profunda, una manera de escribir original, aparentemente espontánea pero muy concienzudamente trabajada, y una gran sensibilidad unida a una perspicaz inteligencia. Por eso fui tan feliz cuando, hace solamente un par de semanas, me regalaron otra obra suya, que es a la que dedico esta reseña, ya que la he terminado hoy mismo. Se trata de Corniche Kennedy, que aún, creo, no ha sido publicada en español, pero que podría traducirse como Cornisa Kennedy.
El caso es que, al margen de lo tedioso que puede resultar que te obliguen a leer – esto es un debate ya más que machacado por lectores, estudiantes y profesores-, mucho más que te obliguen a escribir algo sobre un libro que tal vez ni siquiera te guste, disfruté enormemente de éste. Fue todo un descubrimiento. Encontré en Réparer les vivants un estilo y una simbología fresca, joven pero al mismo tiempo profunda, una manera de escribir original, aparentemente espontánea pero muy concienzudamente trabajada, y una gran sensibilidad unida a una perspicaz inteligencia. Por eso fui tan feliz cuando, hace solamente un par de semanas, me regalaron otra obra suya, que es a la que dedico esta reseña, ya que la he terminado hoy mismo. Se trata de Corniche Kennedy, que aún, creo, no ha sido publicada en español, pero que podría traducirse como Cornisa Kennedy.
Este título es anterior al del
primero que leí de Maylis, pero ya se pueden percibir elementos
comunes, de modo que me vais a disculpar si los comparo ahora
brevemente. En ambos, no se desarrolla una trama compleja, sino una
sola acción, a la que no se infunde ningún tipo de atmósfera
fantástica, ya que el objetivo es transmitir la experiencia humana
sin ningún tipo de artificio, tal y como es, desde las
preocupaciones más banales hasta sus implicaciones más hondas. En
el caso de Réparer les vivants, es la historia de Simon, un
joven adolescente que decide ir a hacer surf un fin de semana con sus
amigos y, a la vuelta, cae en coma tras ser accidentada la furgoneta
en la que volvían a casa; o más bien, es la historia de su familia
y seres queridos, quienes, tras la tragedia, tienen que lidiar con
ella y enfrentarse a una decisión importante que les implicará a
todos por igual: la donación de los órganos de Simon, para que otra
persona pueda sobrevivir. En Corniche Kennedy, el asunto no es
tan dramático, pero en cierto modo, también tiene relación con el
peligro y la transición entre la vida y la muerte. Todo gira entorno
a esa cornisa, situada en la costa marsellesa. Gran amante del mar, Maylis de Kerangal, a lo que se ve por la recurrencia del tema: no en vano se crió en Le Havre, justo en la punta norte de Francia, ciudad bañada por el Canal de Mancha. A este pequeño paraíso rocoso acude
frecuentemente un grupo de adolescentes descarriados que se
entretienen saltando por sus acantilados, sin ninguna consciencia del
riesgo en el que están poniendo sus vidas. Buscan el peligro,
jugando con su propia integridad, porque son adolescentes y quieren
gritar a los cuatro vientos que nada los puede detener. Todo esto es
observado por Sylveste Opéra, un comisario encargado de la
vigiliancia de esa zona del litoral, que hará todo lo posible por
atrapar a esos chiquillos malcriados. Desde su despacho, que domina
todo el espacio de la cornisa y gracias a sus prismáticos, está al
tanto de su actividad, la cual pretende perseguir de manera
implacable.
Poco a poco vamos conociendo a cada
uno esos jóvenes, de dónde vienen, por qué acuden ahí, quién es
el líder de la banda y cómo se relacionan entre ellos. A medida que
vamos adentrándonos en su mundo, nos hipnotiza cada vez más su
frescura y su atrevimiento, ese sentimiento de no tener miedo a nada,
porque la Tierra está a sus pies, allí en lo alto de los
acantilados que constituyen su reino; porque sin duda son reyes de
ese espacio sin ley, reyes que no tienen nada que perder, más que
las horas infinitas de su juventud. En cambio, descubrimos la otra
cara de la realidad, y es que son muchachos olvidados, perdidos,
erráticos, sin futuro, enclaustrados en esa cornisa, por su pobreza
y por lo general por unos padres lejanos a ser un modelo de conducta.
En cierto modo nos convertimos también
en unos voyeurs, inmersos en sus conversaciones, en sus
aventuras, como si les estuviéramos espiando a través de los
prismáticos que ofrece la escritora a nuestra imaginación.
Adoptamos sin darnos cuenta la perspectiva de Sylvestre Opéra,
divididos entre esa atracción por la adrenalina y el deber de
castigar la rebeldía de esos pillos fuera de la ley.
Todo ello moldeado por un estilo en el
que, de modo impresionista, se juntan detalles minuciosos y
esparcidos para producir el total de unos cuadros y una escenas muy
visuales, así como un acercamiento a los personajes desde sus
acciones, que son las que realmente nos hablan sobre ellos, pues
pocas, o nulas, son las descripciones psicológicas que se realizan.
A pesar de que las frases son largas, el ritmo es casi frenético, ya
que se acumulan yuxtaposiciones que, como si de un aliento
entrecortado se tratara, parece que nos abruman, lanzándonos
imágenes que desfilan la una detrás de la otra, al igual que en una
cinta cinematográfica. La propia Maylis, en la entrevista a la que
acudí, señaló la importancia que había tenido el séptimo arte en
su estilo.
Respecto al vocabulario, destaca por
su riqueza y su diversidad: las palabras más técnicas se unen al más
puro argot, haciéndonos cuestionar así si toda palabra no puede
poseer en sí un potencial literario o poético. Diálogo, narración
y descripción confluyen en un todo de manera completamente natural,
hasta el punto de difuminar los límites entre los personajes, el
espacio y el tiempo y las acciones.
En definitiva, es un libro en el que
prevalece, más que la trama y el contenido – en los cuales si nos
centramos demasiado, podemos vernos decepcionados-. la capacidad
evocadora de las imágenes que produce y la osadía de su expresión,
que nos devuelve el gusto de paladear las palabras, de sentirlas, de
hacer que podamos oler la sal del mar en el que nada la banda de la
cornisa, sentir el viento soplando entre las rocas, o creernos cada
una de las palabras que pronuncian sus personajes; que nos recuerda,
al fin y al cabo, que la literatura y la vida, no están tan lejos la
una de la otra.


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