Estoy cansado, muy cansado. He decidido olvidarlo todo,
desechar cuanto sabía. Ya me dan igual las historias universales, si estamos
condenados a repetir los errores de nuestros padres, si no soy más que el
ejercicio de un engranaje universal, o si los hombres han alcanzado su huera
apoteosis. De Dios solo tuve que recordar que siempre estuvo aparte. Solo
quiero encontrar para mí el consuelo de lo que me hace verdaderamente humano.
He desnudado mi
alma tiempo a tiempo, hasta dejarla avergonzada y primordial. Le arrebaté todos
sus libros, su familia, sus amigos, le desmentí todas sus creencias, sus
dioses, sus ideas, me deshice de todos sus recuerdos hasta que se quedó inocente
como un claro de luna, pura como un trino de estrellas en el río. Era ella
sola, y no podía ser otra cosa que yo mismo, era el eje del que brotan todos los
seres que yo he de ser en esta vida ¡Qué flor más muda la del alma es la que vi
entonces! Era cándida rosa o palidez somnolienta, no lo sé. Le rielaban los
ojos no acostumbrados a este mundo, pero no lloraba porque no conocía nada de
lo humano. Como pájaro sin rama, temblando por un frío que no era, vagaban
perdidas sus vivas pupilas negras, inocentes lenguas de noche, en las lágrimas
indecibles que yo vertía por haberla dejado tan indefensa y huérfana ¿Cómo
podía sobrevivir ese calor de caricias madrugadas, ese cristal quebradizo y
etéreo, en las tempestades del espíritu? ¿Alma mía eres tú? Sutil fragancia o
vaporoso sueño, selló los labios y se fue con un silencio.
Pocos hombres
tienen el valor de mirarse el alma. Yo desde ese día comprendí lo que me hacía
humano. Puede el hombre dudar de todo, de Dios, del mundo y hasta de sí mismo.
Pero no podrá dudar de lo que no es. Cuando en la música hallamos un silencio, ahí
están todas las notas futuras y las que no han de venir. Cuando en la mar en
calma la tormenta se avecina, su quietud alberga todos los estruendos y
oleajes. Se sabe la mayor de las sabidurías más por lo ignorante, por aquello
que no abarca. En el insignificante punto en el que Dios le diera por crear el
mundo, en ese mismo instante, ya existían todas las cosas que conocemos, las
que están por conocerse, y las que no conoceremos nunca. El universo en sí es
un enorme silencio hasta que nos da por mirarlo y ponerle nuestra voz. Cuando
el hombre ya no esté, ¿quién lo pensará como él lo piensa? El universo volverá
a su mudo y eterno baile hasta otro punto. Cuando vi a mi alma en mí postrada,
entendí que su mirada era la que tenemos todos en ese pozo de Dios en el que
están todas las almas que son, y las que no serán jamás, que su pureza era la
de la incredulidad de verse erguida sobre ese abismo que solo Dios conoce, por
el que mueren más almas antes de nacer que una vez muertas en este mundo. Cuando
mi alma muda contemplaba a su crisol, tenaz piedra de pasiones y fugacidades,
me enseñaba a pleno grito que tenía en mí la sustancia de todo lo vivido y de todo
lo por vivir. Me he pasado años llorando por una libertad que creía sepultada.
Hasta el día en que Dios se pronuncie, lo que nos hace humanos es nuestra
libertad, y libertad es todo aquello que en un silencio cabe.
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