viernes, 12 de octubre de 2012

VI

Estoy cansado, muy cansado. He decidido olvidarlo todo, desechar cuanto sabía. Ya me dan igual las historias universales, si estamos condenados a repetir los errores de nuestros padres, si no soy más que el ejercicio de un engranaje universal, o si los hombres han alcanzado su huera apoteosis. De Dios solo tuve que recordar que siempre estuvo aparte. Solo quiero encontrar para mí el consuelo de lo que me hace verdaderamente humano.
    He desnudado mi alma tiempo a tiempo, hasta dejarla avergonzada y primordial. Le arrebaté todos sus libros, su familia, sus amigos, le desmentí todas sus creencias, sus dioses, sus ideas, me deshice de todos sus recuerdos hasta que se quedó inocente como un claro de luna, pura como un trino de estrellas en el río. Era ella sola, y no podía ser otra cosa que yo mismo, era el eje del que brotan todos los seres que yo he de ser en esta vida ¡Qué flor más muda la del alma es la que vi entonces! Era cándida rosa o palidez somnolienta, no lo sé. Le rielaban los ojos no acostumbrados a este mundo, pero no lloraba porque no conocía nada de lo humano. Como pájaro sin rama, temblando por un frío que no era, vagaban perdidas sus vivas pupilas negras, inocentes lenguas de noche, en las lágrimas indecibles que yo vertía por haberla dejado tan indefensa y huérfana ¿Cómo podía sobrevivir ese calor de caricias madrugadas, ese cristal quebradizo y etéreo, en las tempestades del espíritu? ¿Alma mía eres tú? Sutil fragancia o vaporoso sueño, selló los labios y se fue con un silencio.
    Pocos hombres tienen el valor de mirarse el alma. Yo desde ese día comprendí lo que me hacía humano. Puede el hombre dudar de todo, de Dios, del mundo y hasta de sí mismo. Pero no podrá dudar de lo que no es. Cuando en la música hallamos un silencio, ahí están todas las notas futuras y las que no han de venir. Cuando en la mar en calma la tormenta se avecina, su quietud alberga todos los estruendos y oleajes. Se sabe la mayor de las sabidurías más por lo ignorante, por aquello que no abarca. En el insignificante punto en el que Dios le diera por crear el mundo, en ese mismo instante, ya existían todas las cosas que conocemos, las que están por conocerse, y las que no conoceremos nunca. El universo en sí es un enorme silencio hasta que nos da por mirarlo y ponerle nuestra voz. Cuando el hombre ya no esté, ¿quién lo pensará como él lo piensa? El universo volverá a su mudo y eterno baile hasta otro punto. Cuando vi a mi alma en mí postrada, entendí que su mirada era la que tenemos todos en ese pozo de Dios en el que están todas las almas que son, y las que no serán jamás, que su pureza era la de la incredulidad de verse erguida sobre ese abismo que solo Dios conoce, por el que mueren más almas antes de nacer que una vez muertas en este mundo. Cuando mi alma muda contemplaba a su crisol, tenaz piedra de pasiones y fugacidades, me enseñaba a pleno grito que tenía en mí la sustancia de todo lo vivido y de todo lo por vivir. Me he pasado años llorando por una libertad que creía sepultada. Hasta el día en que Dios se pronuncie, lo que nos hace humanos es nuestra libertad, y libertad es todo aquello que en un silencio cabe.  

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