lunes, 15 de octubre de 2012

[Sin título]


Fijaos cuán mezquino es el lenguaje, que muchas veces son las palabras que callamos más locuaces que aquél revestido ornato con el que nos disfrazamos, como si tuviéramos a un público al que complacer. Dejadme despertaros de este sueño utópico y deciros que, por mucho que queramos, no podemos huir ni de nuestros pensamientos ni de lo que somos. Aclaremos que no me estoy refiriendo a esas lagunas del subconsciente que configuran el misterio de nuestra personalidad humana y que de alguna forma son necesarias para que la existencia siga teniendo algo de interés, sino aquellas mentiras, justamente, deliberadas con las que engañamos a los demás pero, los primeros, a nosotros mismos.  Esa hipocresía malsana con la que creemos autoprotegernos es un caparazón pétreo y autodestructivo, o más bien, algo así como una sentencia perpetua de esclavitud.

¿Por qué no nos dejamos simplemente llevar por lo que nos mueve por dentro?  No, no podemos, porque nos supera. Nos hace daño. Nos trae problemas. El sentimentalismo es un crimen que no nos podemos permitir, una fragilidad que no cabe en este mundo donde ser “duro” está de moda. En fin…así estamos, viviendo rodeados por la inopia de una sociedad insensible y apática, donde las personas más valiosas y brillantes acaban enterradas en las sombras. Hemos olvidado ese “Conócete a ti mismo” de Sócrates que constituye la base más pura de la sabiduría humana. Nuestra esencia es tan frágil y tan perezosa…Claro, por supuesto que es mucho más fácil darle la espalda a la realidad y no enfrentarse cara a cara con las auténticas vicisitudes de nuestra condición, pero yo prefiero una vida de altibajos, retos y descubrimiento que la monótona seguridad del cobarde. En definitiva, elijo el árbol de la ciencia, con todas sus consecuencias. 

Es por ello que, de verdad, intento luchar día tras día por encontrar algo más allá de esa fría indiferencia que parece envolverlo absolutamente todo, e introducir como puedo en mi microcosmos esa pequeña chispa especial que le da sentido a mi existencia. Me considero filántropa como la que más, pero en ocasiones me veo obligada a reconocer que es como chocarse contra una barrera impenetrable. Cada vez que lo atisbo, ese no sé qué se escurre huidizo entre mis dedos para sumergirse de nuevo en el vacío abismal. A veces desisto en mi frustración, otras pienso que solo es cuestión de tiempo, que aún no lo he intentado lo suficiente. Al fin y al cabo, la esperanza es lo último que se pierde. Y así seguiré, en esta espiral de amor-odio hacia el mundo que después de todo me hace ser como soy, hasta que un día- por desgracia- deje de pensar como el niño que ve todo por primera vez y entre en rígido y gris universo de la adultez. 

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