Fijaos cuán mezquino es el lenguaje, que muchas veces son
las palabras que callamos más locuaces que aquél revestido ornato con el que
nos disfrazamos, como si tuviéramos a un público al que complacer. Dejadme
despertaros de este sueño utópico y deciros que, por mucho que
queramos, no podemos huir ni de nuestros pensamientos ni de lo que somos.
Aclaremos que no me estoy refiriendo a esas lagunas del subconsciente que
configuran el misterio de nuestra personalidad humana y que de alguna forma son
necesarias para que la existencia siga teniendo algo de interés, sino aquellas
mentiras, justamente, deliberadas con las que engañamos a los demás pero, los
primeros, a nosotros mismos. Esa
hipocresía malsana con la que creemos autoprotegernos es un caparazón pétreo y
autodestructivo, o más bien, algo así como una sentencia perpetua de
esclavitud.
¿Por qué no nos dejamos simplemente llevar por lo que nos
mueve por dentro? No, no podemos, porque
nos supera. Nos hace daño. Nos trae problemas. El sentimentalismo es un crimen
que no nos podemos permitir, una fragilidad que no cabe en este mundo donde ser
“duro” está de moda. En fin…así estamos, viviendo rodeados por la inopia de una
sociedad insensible y apática, donde las personas más valiosas y brillantes acaban
enterradas en las sombras. Hemos olvidado ese “Conócete a ti mismo” de Sócrates
que constituye la base más pura de la sabiduría humana. Nuestra esencia es tan
frágil y tan perezosa…Claro, por supuesto que es mucho más fácil darle la
espalda a la realidad y no enfrentarse cara a cara con las auténticas
vicisitudes de nuestra condición, pero yo prefiero una vida de altibajos, retos
y descubrimiento que la monótona seguridad del cobarde. En definitiva, elijo el
árbol de la ciencia, con todas sus consecuencias.
Es por ello que, de verdad, intento luchar día tras día por
encontrar algo más allá de esa fría indiferencia que parece envolverlo
absolutamente todo, e introducir como puedo en mi microcosmos esa pequeña
chispa especial que le da sentido a mi existencia. Me considero filántropa como
la que más, pero en ocasiones me veo obligada a reconocer que es como chocarse
contra una barrera impenetrable. Cada vez que lo atisbo, ese no sé qué se escurre huidizo entre mis
dedos para sumergirse de nuevo en el vacío abismal. A veces desisto en mi
frustración, otras pienso que solo es cuestión de tiempo, que aún no lo he
intentado lo suficiente. Al fin y al cabo, la esperanza es lo último que se
pierde. Y así seguiré, en esta espiral de amor-odio hacia el mundo que después de todo me hace ser como soy, hasta que un día- por desgracia- deje de pensar
como el niño que ve todo por primera vez y entre en rígido y gris universo de
la adultez.
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