viernes, 12 de octubre de 2012

IV


¿Quién soy yo? ¿el yo que se sigue de todos los yos que he sido? ¿Soy aquel que habla risueño en los amigos? ¿O aquella serie esfinge que trabaja en las arenas? ¿Soy amor en los oídos de una mujer? ¿Soy la ira de las armas o la sangre de una herida? ¡Dios! ¿Qué soy ahora que nada es?
    Ellos también cambian, ¿no es cierto?, esos hombres que van conmigo tampoco son y también mudan. Ellos construyen babel porque esperan ser un día como Tú, dioses, tener un ser puro, sin tiempo. Arañan años a la muerte, con abrazos viejos anhelan no perder la juventud, esperando ser inmortales algún día. Construyen rascacielos para un futuro en el que su reino los libere por completo de la tierra de la que vienen y en la que acaban. Hacen ciencia por saber tanto como Tú, y con ella caminan más rápido, cruzan los océanos más extensos, y vuelan más alto que las aves. Con sus armas matan a más personas de las que Tú te llevas. Expulsados, hoy parecen reclamar osados su venganza. Pero sus barcos se hundirán en lo más profundo, sus más altas torres al tiempo se fundirán al sol lindadas, con las mismas armas con que mataren a sus hermanos se suicidarán, y todo ese esfuerzo será tan poca cosa comparado con el que la tierra ha de usar en arrancarles la piel de la carne, y la carne de los huesos. Naturaleza les dio la esencia para superar la contingencia de este mundo, y con el mismo obsequio la hieren y traspasan a favor de la torre. Su sociedad los hace más inteligentes, al igual que tanto más perversos. Con la altura de sus edificios excavan la miseria en otras partes, en otras gentes. Cada vez son más desconsiderados, más desagradecidos, más crueles… Cada vez se parecen más a Ti. 

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