El problema de las mentes curiosas es que no se están
quietas, no, ellas tienen que estar siempre leyendo, siempre buscando, y con
tanto que saben, parece que no entienden que en esta vida es mejor vivir con
las preguntas que morir con las respuestas. Porque, claro, las respuestas a las
grandes preguntas son de las cosas más desesperanzadoras que uno puede echarse
al entendimiento. A veces para pegarse un tiro. En la vida todo son
casualidades o causalidades, no lo sé muy bien, todo parece responder a
razones, que si no están nos la inventamos, y con eso vamos tirando. Pero es
que esa es otra, la ciencia. No conozco otro campo del saber humano donde el
hombre haya vertido tanto amor casi divino. Cuando un hombre hace ciencia, en
su afán de objetividad, mira al mundo como un dios para contemplarse desnudo
como un hombre. Dime, ciencia, qué soy. Eres un ser extraño, demasiado complejo
en un mundo demasiado sencillo ¿Es que acaso no debería existir? Si existes, es
porque naturaleza te creado, y su razón tiene ¿Es que acaso no soy distinto del
resto del mundo? ¿Distinto? Graciosa egolatría la humana. Te sabes igual que el
resto del mundo, y aún ahora esperas ser ser ajeno. Verdaderamente vuestra
naturaleza os condena ¿No tengo alma? ¿Alma? ¿Qué significa “alma”? Los
humanos sois raros cuando menos, patéticos cuando más; habéis creado un
lenguaje entero con tal de mentiros a vosotros mismos, con tal de conciliar el
sueño, con tal de pensar que el mundo no pasa, que vosotros no pasáis, y que si
pasáis, sois peregrinos. Arquitectos de etiquetas irrisorias, ¿de qué color es un cielo coronado? Azul del mar ¿Y de qué
color el cielo sonriente? Negro con estrellas ¡Maldito “ser” de lo que nada es,
de lo que nada ha sido, maldito “ser” de ideas, de cometas, de presente!
Cuando ciencia me
habló de esa manera, quebró hasta el más mísero átomo de mi alma. Y no es
extraño que me hablara así. Si los dioses de por sí ya son crueles con
nosotros, ¿a qué íbamos nosotros a mirar el mundo con sus ojos? Vanitas vanitatis… Lo que luego me vino
a los pensamientos fue incluso más desolador. Que Dios tal vez sea el mayor relojero
de la historia, que montó todo el orbe del mundo como una caja de música con clavijas
tan precisas y profusas que dejó para el hombre el acertijo más inhumano de los tiempos
¡Qué cruel fue Naturaleza cuando ahijó a los hombres, y les metió en las carnes
el deseo de buscar algo que estuviera más allá de Ella misma! Y encima nos
enseña a una razón y una ciencia para desnudarla sin vergüenza. Todo sucederá como
ha de seguirse, porque el universo seguramente tenga sus razones impuestas, y
que mientras Dios le dé cuerda a su capricho, todo irá como a Él le salga de
los huevos.
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