Como decíamos ayer, de tanto leer a uno se le yaga el alma
de ver repetirse siempre las mismas historias, siempre las mismas pero siempre
distintas, de llorarse los amores imposibles, de vengarse las afrentas, de los
banquetes de perdices, de las muertes injustas, de las soledades, de tantos
cuentos parecidos y diferentes que uno no puede evitar pensar que el guión de
nuestras vidas no esté ya escrito en alguna polvorienta estantería, y que los escombros
del aire sepan más de nosotros que nosotros mismos. Qué intranquila ignorancia
la nuestra si eso es así, la de tener que bañarse siempre en la misma estrofa de agua, con agua distinta, sí, pero siempre en el mismo poema. Se llega a pensar que de verdad no hay novedad sino
olvido, que lo insólito no es más que el artificio de no conocer que eso ya pasó
años atrás sin saber cuándo. Muchas veces he regañado a mis hijos con las
mismas coletillas con que mis padres me atizaban a mí, y serio por fuera, me he
reído por dentro por ver que yo era fantasma exprimido o sueño vivo de mis
padres, y apostaría a que esas regañinas se las decían sus padres a ellos a su
vez, y otros padres a otros hijos en cualquier parte.
Yo la verdad, desconfío de cualquier extremo, y no creo ni
en los uroboros ni en las religiosas rectas. No creo que la historia sea una línea
incorruptible que nos encamina en aras del progreso hacia un destino
ineludible. Pero es que también me niego a aceptar que la historia sea un círculo
dibujado por un griego. Siendo justos y medios, en la geometría del tiempo, la
historia humana es como una espiral que en círculos en torno a un origen va
dando vueltas, ampliando los espectros. El problema de leer demasiado, es que
uno acaba siempre por encontrar el salto a la curva inferior y contigua, y
darse cuenta de que lo que ha pensado o escrito ya estaba hecho, y en ese mismo
momento henchir el pecho para exhalar un profundo suspiro, el mismo por ser
suspiro, distinto por ser suyo.
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