viernes, 12 de octubre de 2012

II


     Como decíamos ayer, de tanto leer a uno se le yaga el alma de ver repetirse siempre las mismas historias, siempre las mismas pero siempre distintas, de llorarse los amores imposibles, de vengarse las afrentas, de los banquetes de perdices, de las muertes injustas, de las soledades, de tantos cuentos parecidos y diferentes que uno no puede evitar pensar que el guión de nuestras vidas no esté ya escrito en alguna polvorienta estantería, y que los escombros del aire sepan más de nosotros que nosotros mismos. Qué intranquila ignorancia la nuestra si eso es así, la de tener que bañarse siempre en la misma estrofa de agua, con agua distinta, sí, pero siempre en el mismo poema. Se llega a pensar que de verdad no hay novedad sino olvido, que lo insólito no es más que el artificio de no conocer que eso ya pasó años atrás sin saber cuándo. Muchas veces he regañado a mis hijos con las mismas coletillas con que mis padres me atizaban a mí, y serio por fuera, me he reído por dentro por ver que yo era fantasma exprimido o sueño vivo de mis padres, y apostaría a que esas regañinas se las decían sus padres a ellos a su vez, y otros padres a otros hijos en cualquier parte.
    Yo la verdad, desconfío de cualquier extremo, y no creo ni en los uroboros ni en las religiosas rectas. No creo que la historia sea una línea incorruptible que nos encamina en aras del progreso hacia un destino ineludible. Pero es que también me niego a aceptar que la historia sea un círculo dibujado por un griego. Siendo justos y medios, en la geometría del tiempo, la historia humana es como una espiral que en círculos en torno a un origen va dando vueltas, ampliando los espectros. El problema de leer demasiado, es que uno acaba siempre por encontrar el salto a la curva inferior y contigua, y darse cuenta de que lo que ha pensado o escrito ya estaba hecho, y en ese mismo momento henchir el pecho para exhalar un profundo suspiro, el mismo por ser suspiro, distinto por ser suyo.

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