El
poema que hoy publico se lo debemos a José María Novall, aunque
antes merece unas palabras. José María es una de esas amistades
extrañas que nos asaltan en ciertas ocasiones. Lo conocí en un
viaje que realicé a París, una tarde en que me acerqué aburrido a
una tertulia de estas donde peroran los estúpidos que se creen
poetas por hacer poesía. No sé muy bien qué demonios vio en mí,
pero vino, se me presentó y nos quedamos algunas horas conversando
sobre literatura. Me reí mucho con él porque explicaba que a él le
costaba un esfuerzo colosal escribir, lo cual resumía diciendo que
escribir poesía da mucha hambre, pero no la quita. Sea como fuere,
nos despedimos y quedamos en escribirnos, pero, la verdad, nunca tuve
la esperanza de que me llegasen cartas suyas, como de hecho lo han
ido haciendo a lo largo de los años, en las que se confiesa y en las
que a veces aparece algún poema. Leyendo poemas malos se aprende
cómo no hacerlos, y sobre los poemas buenos, creo, no hace falta
decir mucho; pero no hay mucho de provecho en los poemas mediocres, y
nada en absoluto en la mediocridad de los poetas. Aún no sé por qué
me manda algunos poemas de año en año; supongo que lo hace porque
el muy cínico presupuso que no me habría de volver a ver más en
toda su vida y porque siempre es más fácil escribir estas
romanticidades a quien no se conoce. También me contaba, en su carta,
que fue el poema con el que más había llorado en todos sus días y
que al finalizar un verso se había descubierto lagrimando al dar una
bella forma a los suyos. Porque, por suerte o por desgracia, José
María ostenta el dudoso honor de ser un poeta sincero, pues me
escribe que siempre se mantiene fiel a sus vivencias. Yo pienso que
la honestidad en un poeta se muestra estéril, así que tal vez por
ello nunca haya publicado y nadie lo conozca. Errores salvables, que
es lo que tiene trabajar sin revisores (puesto que éstos no le
buscan, ni él los hubiese aceptado), la métrica forzada, mucho y
y mucho porque,
y mucho mío
y mucho nuestro,
y mucho siempre,
y mucho nunca,
y mucho mar
y mucho sueño,
y mucha muerte
y mucha hambre,
y mucho irse
y mucho olvido.
Creo que el poema entero está hecho de una sentada y que ha puesto
lo que deseaba en la boca de su juventud para excusarse. Como diría
él: "Nadie puede enjuiciar lo que es verdadera y plenamente
mío, porque escribo desde y para los míos, y con eso basta".
Me escribía, con tremendo escepticismo, que la literatura va de
hombre a hombre y no entre estanterías, que los cánones son un
simple mercado porque sólo se podía vivir con la literatura y no
de ella, que la literatura debía morir para que volviese la poesía:
litterae delendae est.
Pero como no hay libro tan malo que no tenga algo bueno y porque
debemos escuchar a quienes conociendo la hondura del silencio se
atreven a romperlo, yo os dejo aquí en mi muro el poema que el
viejo José María me mandó.
EL DESTIERRO DE
JOSÉ MARÍA NOVALL
I
Hoy dejo la austera región de la
ciudad mía
erguida enfrente, tan remota y en
calma que siento
de mirarla que quisiera en esta
despedida
en un suspiro regresar
a través del viento.

5 Se quedan al fondo las avenidas
fugaces
que se arriscan hambrientas en su
distancia firme,
y el campo cubierto de dorados
matorrales
donde reposa la finada luz
que me ve irme.
Dejo cuanto era suyo, porque nada
me llevo:
10
los parques al sol, los espigones, los peldaños
donde nos sentábamos, las
murallas y los pueblos,
los pasos peregrinos de los
ligeros años,
el pescador panzudo que se acoda
sin barca
soñando en
la almadraba, la orilla sin cerrar
15
de un horizonte estrecho y distintas barriadas
que se inclinan hoy mendigando su
sed al mar.
Dejo
la tierra mía, porque no me queda otra
que dejarla hoy
hecha de rincones ya lejanos,
mientras contemplo,
como una estrella recóndita,
20
como se va quebrando el día entre mis manos.
Allí he dejado el hogar, siempre
generoso
y concurrido, donde la alegre
confusión
ha aliviado la
carga de quien
muestra
en el rostro
el yugo de la pena de un triste
corazón.
25
Allí también el cuarto en que leer solía
de noche en noche hasta vencerme;
ante las tempranas
claridades, como
una aldaba sonora y limpia,
las gaviotas iban madrugando en
las ventanas.
Seguro que aún se ovilla
sobre la litera
30
inhabitada el noble perro que espera a vuestro
lado, ladrando al mar con el
cuello en la cadena,
como un crío que
aguardase en un aula sin maestro.
En la oscura madrugada que
estarán velando
farolas desvaídas, se quedan mis
amigos
35
conversando bajo la noche huérfana y sin astros
que les concede esa tierra adusta
y sin abrigos;
y
supongo que aún se agria el vino en la taberna
en donde
hablamos,
en fin, sobre tantas cosas,
que en el
curso de las estaciones pasajeras
40
vimos,
con el morir del día, morir las rosas.


¿Qué dejamos, compañeros, por
las calles nuestras
ahora que se nos ha hundido
en la mirada
el riguroso oficio del que a
vivir empieza?
Tantas palabras y que jamás
cambiase nada,
45 palabras que duelen si no
tocan;
y a nosotros
nos las dieron romas,
desarmadas y sin brazos
mientras se oía
al mar bramar desde su fondo
para nuestra primavera deshecha y
en pedazos.
Y dejo también bajo su cielo a
mi sobrino,
50 con la luz que en los
inocentes se alborea, esa
raíz desnuda de la que todos
provenimos,
por la que incluso un
descreído a rezar regresa.
Yo le he visto tender los
miembros pulsando el aire,
buscando en él, con los ojos
turbios y pequeños,
55
las formas invisibles de un lugar en que no sabe
distinguir todavía las sombras
de los sueños.
Y sus padres, como los dioses que
se construyen
en su obra, han creado para él
un mundo entero.
Recordadle siempre que, a veces,
no hay quien cure
60
las desdichas en que se
anega el llano tablero
del hogar, que en los hostigos de
casa el viento
silba y muerde, que el sendero se
hace trozo a trozo
y que aprenderá de sus errores
sin quererlo,
como quien saca el agua fresca de
un negro pozo.
65 Dejo a mis hermanos, por cuyas
frentes ya asoma
el sudor tenaz que acaba por
hacernos viejos;
y, al tiempo que guardo
detenida en la memoria
nuestra infancia, siento el
sentirlos aquí tan lejos.

Leves pasos que siempre marchaban
tras los míos,
70
ellos iban conmigo hacia la calle larga,
y el barrio que, como un luminoso
e infantil grito,
lentamente enmudecía en la
pobreza amarga
de los portones fríos.
En la serena noche
tan solo teníamos que
volver hacia la casa
75
en que mamá dormía nuestras sencillas voces.
El tiempo estremecido puesto que
todo pasa,
por más que no se quiera. El
agua en la mejilla.
¿Sentís mi triste voz llegar a
vuestro oído?
Devolved el favor. Que no os
embargue la ira
80 funesta. Siempre levantaos si
os han caído.
Y algo más avejentado dejo al
padre mío,
en los roncos años en que la
vejez se
augura;
nunca nos dijimos mucho, porque
ya es sabido
cómo evita un joven de los
viejos la figura.
85
Sin embargo hoy te siento en mí como mi igual,
porque notaste el
espíritu como un calambre
y,
como yo,
un día también tú te echaste al mar,
como el río
que
recoge
arenas para el hambre.
A mi madre, a mi buena madre, que
siempre estaba
90
en pie con cien labores, a ella también la dejo.
Para ella siempre se hacían
tardes las mañanas,
para hoy quedarse con el invierno ante su espejo.
para hoy quedarse con el invierno ante su espejo.
Y a ella se le preñó la boca de
alaridos
a causa de no sé qué inmortal
dolencia;
95
que se iba, que se la llevaba un calvario impío,
que el nuncio final en el aire
herido; la ausencia.
Yo, cansado de verla sufrir en su
alma esquiva,
y porque no entendía por qué se
regodea
la muerte en las entrañas, soñé
que se moría
100 soñando que morían el mar y
la marea.
Y ella siguió bregando, con el
vientre marchito
y seco entre nosotros, porque era
su costumbre;
y
velábamos como medrosos
fugitivos
que encomiendan todo un descanso
áspero a la lumbre.
105 Y casi sin tiempo le dijo a
la muerte: "espera,
porque quiero ver el nuevo fruto
sobre el lozano
arroyo, y quiero ver esas
florecillas tiernas
que nunca darán su aroma al
límpido verano".
Te dejo, buena madre, pero me voy
sabiendo
110 que un árbol que sucumbe aún
cede su sombra
y su verdor.
Como la tierra
en el marinero,
que añora desde lejos y en la
distancia nombra,
te quedas en mí. Y dejo al
anciano que, muriendo,
ha de reventarme entera el alma
en el dolor
115 de la triste tarde en que me
envíen sus recuerdos.
Dejo en verdad a tantos...
II
Hoy te dejo, Amor,
porque amar no es suficiente,
porque no importaban
en ese territorio
aislado ni el denuedo
ni la sólida firmeza de aquellos
que se aman:
120 estos versos quieren
ser lo que yo no puedo.
Así que allí
dejamos el café entre los pájaros,
y el baile en que deliran los
fúlgidos planetas,
y el mirador tan nuestro, y los
ojos y las manos
que se buscan, y las horas
tímidas y quietas,

125 y tu sombra, como el mar
yacente, en la ribera,
y el rubor
en
que
se
atardecían los portales,
y el rumor que se reverberaba en
la tiniebla
cuando nos soñaban
incompletos los cristales.
Penumbra en el jardín.
Tu cuerpo en el paisaje;
130
en
los parques
susurraba oculta la serpiente.
Yo, en esos días, dejaba que la
luz viajase,
porque, por entonces,
amar era suficiente.
Pero el amor es como
el viento entre las hojas,
que nunca sabes cuando llega o si
ya se ha ido
135 cuando agita las ramas
pausadas e insonoras;
porque el amor es como el viento,
y da sonido
a lo que no lo tiene. Y yo te
quise tanto,
como ama laborioso el mar a su manera,
que suspenso en un instante me
encontré pensando
140 si amar es suficiente.
Temí que no lo fuera.
Y temí al viento huidizo que llegaba y que se iba,
y temí el silencio que prendía
blandamente.
Pero hoy te dejo, Amor; y tanto
te quería
que yo empezé a
pensar que amar no es suficiente.
145 Que no podía ser, que no
éramos nosotros,
que en esta tierra pobre no medra
voz alguna,
mientras descendía sobre tus
vencidos ojos,
con su aliento de piedra, apática
la luna.
Y la piel se agostó como el
desierto huraño
150 que desanima sin camino al
caminante,
y el
alma en una cumbre helada se vio
temblando,
pidiendo temerosa que el sol no
se quebrante.
Extraños que se cruzan, las
huellas que fracasan,
el océano como una herida que no
cierra
155 y el océano
inmenso abierto entre las almas
por donde la mirada
se embarca, surca y yerra;
y abandonar la brisa en los
alcores verdes,
y vivir en cobardía por amar sin
miedos,
por amar los besos sutiles y por
quererte,
160 por dejar que la
luz se escribiese con los dedos.
¡Y que en mí septiembre siempre
siembre esta semilla
que se malogra aciagamente
mirando al cielo!
¡Septiembre del ocaso,
septiembre de la herida!
¿Qué culpa estás vengando con
tanto desconsuelo?
165 ¿Pretendes afligirme o
buscas acabarme?
¡Amor sin continente!, amor que
se quedó
en las leves horas derramadas por
las calles,
en los almendros, en
las pupilas, qué sé yo.
Yo pensaba: amar es suficiente y no lo era;
170 pero es que tan triste y tan
oscuro y tan vacío
es un mundo en el que no está en
el amor la fuerza,
que más allá no se aventura el
empeño mío.
Porque, aunque lo queramos, amar
no es suficiente.
Hoy te dejo, Amor: dejo un
septiembre por tus labios,
175 y tu crepúsculo
con su cicatriz perenne,
y la
distancia grave que nos hará más sabios.
Nunca fuiste una opaca quimera de
la carne,
porque, aunque un día creamos
vernos en la incierta
plaza de un sueño,
hoy sabemos, enfrente del mar, que
180
nunca ve la luz quien duerme sino quien despierta.
III
Me detengo ahora por aquellos que se fueron,
y que discretamente se marcharon
ayer,
despoblando el hogar y tomando el
rumbo serio
en que nos
entramos para nunca más volver.
185 Cuando yo los conocí ya eran
dos ancianos:
ella se quedaba en la tarea y en
la cocina,
y él nos recogía de la escuela
en relatos
dispersos con que un hombre se
fabula e imagina.

Pero al pasar de los años
nosotros crecimos,
190 y ellos también. No
podía ser de otra manera,
A ellos se les
cubrió la voz de pergamino,
y la piel con el ciego
fervor de la madera.
Ante la
razón que senilmente se agotaba
o ante una pregunta breve que
se repetía
195 tanto, uno por no desdecirles
se callaba
y con miedo uno por no asomarse
se reía
al ver cómo se empecinan en el
mar las olas.
La madrina se fue antes, lo dijo
con voz clara,
que no, que no
quería verse una tarde sola;
200 y el padrino esperó,
conforme, a que pasara.
La sábana deshecha y el enigma
ya resuelto,
la alianza que se había
perdido en las baldosas...
tenía, como el mundo, su
fuente en el silencio
sobre el que se escancian las palabras y las
cosas.
205
Yo aprendí entonces lo rigurosa que
es la muerte,
y cómo se resigna
la carne, y cómo el grito
perdura congelado
en una mueca inerme,
aire que se perdió buscando el
infinito.
Como un fruto arrancado y mordido
con hambre,
210 que se va pudriendo y va
perdiendo su color,
el padrino se fue muriendo hasta
marcharse,
como mueren todos los que mueren sin amor.
Pensando que ella estaba, le
hablaba a sus fantasmas
con soliloquios que le lanzaba no sé a quién,
215 -quizá
oyen los muertos a los que han perdido el alma-
sabe dios si ella lo
estaba escuchando también.
Los pasos que se
arrastran hasta el umbral del cuarto,
la voz terrosa: "Señor,
no encuentro a mi mujer"
"No
se
recuperan
las
vidas
que se han marchado
220 y tú también has visto al sol anochecer".
Las tardes recurrentes, los meses
que pasaron;
ya ni se levantaba. Morir no es
un estruendo
que te parte. Morir es irse sin
saber cuando.
Y él, al verse sin ella, se nos
fue muriendo.
225 La boca avara escarbando el
aire, el esfuerzo
del pecho contraído, la tierra
abierta y fría,
el corazón débil como un sol en
el invierno,
la mar que se repliega, el alma, la agonía.
En los últimos días yo me quise
acercar
230 y en un momento él me miró
desde su hondura
con la maltrecha
envidia que da la enfermedad,
y le esquivé los
ojos... manos de una criatura
que se ahoga sin saber en qué
mar o el destino;
y yo, por no hundirme con él,
le esquivé los ojos.
235 Ante el naufragio latente que
guarda el espíritu
no sé por qué, dios mío, yo le
esquivé los ojos.
Si ya tenía media vida fuera,
que se iba,
que cómo podía vivir quien
vivió tan junto
que le estaban esperando, que él
ya no quería,
240 que no quería vivir, que quería
irse y punto.
Allí, junto a la cama de aquel
señor sin hijos,
mudos porque nunca se lloró lo
que se espera,
estábamos los cuatro que él
guiaba en el camino,
pájaros sin rama trinando
en la tronera.
245 Porque nos criamos con el
tiempo antes que en la sangre,
yo le pedí al
mundo otro hombre como tú al menos.
No sé a dónde fuiste,
pero era alto tu linaje,
tu reino, la corta
estirpe de los hombres buenos.
En un momento en que estaba solo
ante el olvido,
250 con lágrimas absurdas y a
discurrir reacias
y a pesar de mi voz
sin tiempo y sin su oído,
me callé. Le cogí la mano. Le di las gracias.
IV
Yo esperaba la muerte que va a la
inmensidad
o esperaba un presente eterno y
redentor;
buscando entre uno y otro,
me quedé esperando al mar
260 e intentando salvarme, allí, esperé al
amor.
Pero el amor se fue.
Tampoco
vino el mar.
En la soledad de verme lejos y
partido,
dejé, buscando, al
pensamiento
un sueño final
y al tiempo que transcurre entre
la vida y el olvido.
265 He visto a los árboles
crecer buscando al alba,
en el horizonte, otro
espectro de sí mismos,
-egolatría ante la penumbra que
se agranda-
y descubrir su silueta sola en los abismos.
Y he visto a los ríos abrirse en
el manantial
270 y arrojarse impetuosos y
hendiendo la llanura
acobardar el impulso al ver de
cerca el mar
y advertir
el trayecto vano en la noche oscura.
Y he visto al cielo embravecerse
en la tempestad
y derramarse airado en la feroz
tormenta
275 y luego quedarse tranquilo con el pesar
de sentir
infecunda la furia que se ostenta.
Como ellos, siento el ardor del
pecho que se anima
y en la ocasión se atreve en un
fatal encuentro,
y me he visto lanzado en
secas valentías
280 buscando fuera cuanto estaba ya
en el centro.


Y puede que nos duela ver que
nuestros trabajos
son costumbres en las que se van
haciendo iguales
los segundos, las
horas, los días y los años
y que el corto
latido se llenó de rituales.
285 Y puede ser que un día el
pasado vuelva
todo hecho de presentes, que
vienen sin extremos
con que asirlos, y sintamos lo
poco que pesa
en la memoria aquello que sin
querer perdemos.
Pero nosotros tenemos la esencia
inefable
290
de los seres sin número.
El alma es un cuaderno
donde va dibujando el mundo a
cada instante,
en un juego sin ruido, la sombra
de lo eterno.
Y llegará la cólera a
desolar la esfera
y la sepultura para los últimos
hombres,
295
y la eternidad en que delira la existencia;
vendrá un dios venturo para
recoger los nombres,
pero este lamento por lo que
jamás regresa,
como decía el otro, es siempre
todavía
un tiempo eterno en lo único, de
un tiempo que se asienta
300
y se va haciendo humano en la melancolía.
V
Ha pasado casi toda
una vida desde este poema y, al releerlo ahora, me provoca hasta
ternura descubrir lo tremendo que se hace todo en nuestra edad
temprana. Escribir tiene sus recompensas y, en este caso, una de
ellas es el reencontrarse con uno mismo cuando no hay nadie con quien
puedas recordarte. Evidentemente,
nadie nace para ser
poeta.
De hecho, casi nadie
nace siendo nada. Pero a este joven, que de vez en cuando escribía
versos trasnochados y ampulosos, bien podría yo decirle, decirme,
cuántas cosas se aprenden con los años y cómo el mismo
sufrimiento, porque se acaba repitiendo, se hace menor. Recuerdo que
nos dolía vernos arrancados de nuestros lugares y de nuestras
costumbres,
temer el oscuro
trazo de la tierra nueva,
y sentir ese exilio
como una derrota. Y recuerdo también que tuvimos el egoísmo de
lamentarnos porque todo seguía su curso sin nosotros. Supongo que
nos entristecía ver cómo
la vida se fue
labrando en la voz del sueño.
Y supongo que nos
pesaba encontrarnos en aquel barco,
cerrado y
suficiente por sí mismo,
y entregados al
mismo tiempo a la infinitud del mar.
Y a pesar de todo,
vimos morir a otros muchos y aprendimos a amar de nuevo, porque
la muerte persistía
y el amor no se acababa. Aunque el amor, que no se agota, aún no sea
suficiente. En tu nobleza hubieras dado la vida por los tuyos,
y dar la vida no es
perderla.
Sólo nos quedó el
verbo para refugiar lo que perdimos.
Nos fuimos, como se
fueron tantos otros, y dejamos la patria
sabiendo que la
tierra no es de nadie.
Vimos cómo marchan
todas las gentes, todos buscando su camino para que al final ninguno
se encuentre. Pero nosotros queríamos ser
como la luz que
vaga sin encuentro
y en el tropiezo
significa. Hoy al descubrirme en tus versos, quisiera cruzarme en los
caminos de los otros, de aquellos que me olvidaron, o en los de los
que yo olvidé. Todo es tan difuso
en el corazón de
un extranjero.
Dejamos la tierra
nuestra,
donde aún
relumbrarán las palomas
en el aire de la
plazoleta,
donde a veces ardía
el amor,
y donde siempre
ruge el mar.
Aunque no sepa si
volveré algún día al regazo que me vio partir, yo os dejo.
Versos, volved con
ellos porque no sois míos.
(José María Novall)
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