domingo, 1 de noviembre de 2015

El destierro de José María Novall

El poema que hoy publico se lo debemos a José María Novall, aunque antes merece unas palabras. José María es una de esas amistades extrañas que nos asaltan en ciertas ocasiones. Lo conocí en un viaje que realicé a París, una tarde en que me acerqué aburrido a una tertulia de estas donde peroran los estúpidos que se creen poetas por hacer poesía. No sé muy bien qué demonios vio en mí, pero vino, se me presentó y nos quedamos algunas horas conversando sobre literatura. Me reí mucho con él porque explicaba que a él le costaba un esfuerzo colosal escribir, lo cual resumía diciendo que escribir poesía da mucha hambre, pero no la quita. Sea como fuere, nos despedimos y quedamos en escribirnos, pero, la verdad, nunca tuve la esperanza de que me llegasen cartas suyas, como de hecho lo han ido haciendo a lo largo de los años, en las que se confiesa y en las que a veces aparece algún poema. Leyendo poemas malos se aprende cómo no hacerlos, y sobre los poemas buenos, creo, no hace falta decir mucho; pero no hay mucho de provecho en los poemas mediocres, y nada en absoluto en la mediocridad de los poetas. Aún no sé por qué me manda algunos poemas de año en año; supongo que lo hace porque el muy cínico presupuso que no me habría de volver a ver más en toda su vida y porque siempre es más fácil escribir estas romanticidades a quien no se conoce. También me contaba, en su carta, que fue el poema con el que más había llorado en todos sus días y que al finalizar un verso se había descubierto lagrimando al dar una bella forma a los suyos. Porque, por suerte o por desgracia, José María ostenta el dudoso honor de ser un poeta sincero, pues me escribe que siempre se mantiene fiel a sus vivencias. Yo pienso que la honestidad en un poeta se muestra estéril, así que tal vez por ello nunca haya publicado y nadie lo conozca. Errores salvables, que es lo que tiene trabajar sin revisores (puesto que éstos no le buscan, ni él los hubiese aceptado), la métrica forzada, mucho y y mucho porque, y mucho mío y mucho nuestro, y mucho siempre, y mucho nunca, y mucho mar y mucho sueño, y mucha muerte y mucha hambre, y mucho irse y mucho olvido. Creo que el poema entero está hecho de una sentada y que ha puesto lo que deseaba en la boca de su juventud para excusarse. Como diría él: "Nadie puede enjuiciar lo que es verdadera y plenamente mío, porque escribo desde y para los míos, y con eso basta". Me escribía, con tremendo escepticismo, que la literatura va de hombre a hombre y no entre estanterías, que los cánones son un simple mercado porque sólo se podía vivir con la literatura y no de ella, que la literatura debía morir para que volviese la poesía: litterae delendae est. Pero como no hay libro tan malo que no tenga algo bueno y porque debemos escuchar a quienes conociendo la hondura del silencio se atreven a romperlo, yo os dejo aquí en mi muro el poema que el viejo José María me mandó.

EL DESTIERRO DE JOSÉ MARÍA NOVALL

I

Hoy dejo la austera región de la ciudad mía
erguida enfrente, tan remota y en calma que siento
de mirarla que quisiera en esta despedida
en un suspiro regresar a través del viento.



5 Se quedan al fondo las avenidas fugaces
que se arriscan hambrientas en su distancia firme,
y el campo cubierto de dorados matorrales
donde reposa la finada luz que me ve irme.

Dejo cuanto era suyo, porque nada me llevo:
10 los parques al sol, los espigones, los peldaños
donde nos sentábamos, las murallas y los pueblos,
los pasos peregrinos de los ligeros años,

el pescador panzudo que se acoda sin barca
soñando en la almadraba, la orilla sin cerrar
15 de un horizonte estrecho y distintas barriadas
que se inclinan hoy mendigando su sed al mar.

Dejo la tierra mía, porque no me queda otra
que dejarla hoy hecha de rincones ya lejanos,
mientras contemplo, como una estrella recóndita,
20 como se va quebrando el día entre mis manos.

Allí he dejado el hogar, siempre generoso
y concurrido, donde la alegre confusión
ha aliviado la carga de quien muestra en el rostro
el yugo de la pena de un triste corazón.

25 Allí también el cuarto en que leer solía
de noche en noche hasta vencerme; ante las tempranas
claridades, como una aldaba sonora y limpia,
las gaviotas iban madrugando en las ventanas.

Seguro que aún se ovilla sobre la litera
30 inhabitada el noble perro que espera a vuestro
lado, ladrando al mar con el cuello en la cadena,
como un crío que aguardase en un aula sin maestro.

En la oscura madrugada que estarán velando
farolas desvaídas, se quedan mis amigos
35 conversando bajo la noche huérfana y sin astros
que les concede esa tierra adusta y sin abrigos;

y supongo que aún se agria el vino en la taberna
en donde hablamos, en fin, sobre tantas cosas,
que en el curso de las estaciones pasajeras
40 vimos, con el morir del día, morir las rosas.


¿Qué dejamos, compañeros, por las calles nuestras
ahora que se nos ha hundido en la mirada
el riguroso oficio del que a vivir empieza?
Tantas palabras y que jamás cambiase nada,

45 palabras que duelen si no tocan; y a nosotros
nos las dieron romas, desarmadas y sin brazos
mientras se oía al mar bramar desde su fondo
para nuestra primavera deshecha y en pedazos.

Y dejo también bajo su cielo a mi sobrino,
50 con la luz que en los inocentes se alborea, esa
raíz desnuda de la que todos provenimos,
por la que incluso un descreído a rezar regresa.

Yo le he visto tender los miembros pulsando el aire,
buscando en él, con los ojos turbios y pequeños,
55 las formas invisibles de un lugar en que no sabe
distinguir todavía las sombras de los sueños.

Y sus padres, como los dioses que se construyen
en su obra, han creado para él un mundo entero.
Recordadle siempre que, a veces, no hay quien cure
60 las desdichas en que se anega el llano tablero

del hogar, que en los hostigos de casa el viento
silba y muerde, que el sendero se hace trozo a trozo
y que aprenderá de sus errores sin quererlo,
como quien saca el agua fresca de un negro pozo.

65 Dejo a mis hermanos, por cuyas frentes ya asoma
el sudor tenaz que acaba por hacernos viejos;
y, al tiempo que guardo detenida en la memoria
nuestra infancia, siento el sentirlos aquí tan lejos.

barrioantiguo

Leves pasos que siempre marchaban tras los míos,
70 ellos iban conmigo hacia la calle larga,
y el barrio que, como un luminoso e infantil grito,
lentamente enmudecía en la pobreza amarga

de los portones fríos. En la serena noche
tan solo teníamos que volver hacia la casa
75 en que mamá dormía nuestras sencillas voces.
El tiempo estremecido puesto que todo pasa,

por más que no se quiera. El agua en la mejilla.
¿Sentís mi triste voz llegar a vuestro oído?
Devolved el favor. Que no os embargue la ira
80 funesta. Siempre levantaos si os han caído.

Y algo más avejentado dejo al padre mío,
en los roncos años en que la vejez se augura;
nunca nos dijimos mucho, porque ya es sabido
cómo evita un joven de los viejos la figura.

85 Sin embargo hoy te siento en mí como mi igual,
porque notaste el espíritu como un calambre
y, como yo, un día también tú te echaste al mar,
como el río que recoge arenas para el hambre.



A mi madre, a mi buena madre, que siempre estaba
90 en pie con cien labores, a ella también la dejo.
Para ella siempre se hacían tardes las mañanas,
para hoy quedarse con el invierno ante su espejo
.

Y a ella se le preñó la boca de alaridos
a causa de no sé qué inmortal dolencia;
95 que se iba, que se la llevaba un calvario impío,
que el nuncio final en el aire herido; la ausencia.

Yo, cansado de verla sufrir en su alma esquiva,
y porque no entendía por qué se regodea
la muerte en las entrañas, soñé que se moría
100 soñando que morían el mar y la marea.

Y ella siguió bregando, con el vientre marchito
y seco entre nosotros, porque era su costumbre;
y velábamos como medrosos fugitivos
que encomiendan todo un descanso áspero a la lumbre.

105 Y casi sin tiempo le dijo a la muerte: "espera,
porque quiero ver el nuevo fruto sobre el lozano
arroyo, y quiero ver esas florecillas tiernas
que nunca darán su aroma al límpido verano".

Te dejo, buena madre, pero me voy sabiendo
110 que un árbol que sucumbe aún cede su sombra
y su verdor. Como la tierra en el marinero,
que añora desde lejos y en la distancia nombra,

te quedas en mí. Y dejo al anciano que, muriendo,
ha de reventarme entera el alma en el dolor
115 de la triste tarde en que me envíen sus recuerdos.
Dejo en verdad a tantos...

II

Hoy te dejo, Amor,

porque amar no es suficiente, porque no importaban
en ese territorio aislado ni el denuedo
ni la sólida firmeza de aquellos que se aman:
120 estos versos quieren ser lo que yo no puedo.

Así que allí dejamos el café entre los pájaros,
y el baile en que deliran los fúlgidos planetas,
y el mirador tan nuestro, y los ojos y las manos
que se buscan, y las horas tímidas y quietas,



125 y tu sombra, como el mar yacente, en la ribera,
y el rubor en que se atardecían los portales,
y el rumor que se reverberaba en la tiniebla
cuando nos soñaban incompletos los cristales.

Penumbra en el jardín. Tu cuerpo en el paisaje;
130 en los parques susurraba oculta la serpiente.
Yo, en esos días, dejaba que la luz viajase,
porque, por entonces, amar era suficiente.

Pero el amor es como el viento entre las hojas,
que nunca sabes cuando llega o si ya se ha ido
135 cuando agita las ramas pausadas e insonoras;
porque el amor es como el viento, y da sonido

a lo que no lo tiene. Y yo te quise tanto,
como ama laborioso el mar a su manera,
que suspenso en un instante me encontré pensando
140 si amar es suficiente. Temí que no lo fuera.

Y temí al viento huidizo que llegaba y que se iba,
y temí el silencio que prendía blandamente.
Pero hoy te dejo, Amor; y tanto te quería
que yo empezé a pensar que amar no es suficiente.

145 Que no podía ser, que no éramos nosotros,
que en esta tierra pobre no medra voz alguna,
mientras descendía sobre tus vencidos ojos,
con su aliento de piedra, apática la luna.

Y la piel se agostó como el desierto huraño
150 que desanima sin camino al caminante,
y el alma en una cumbre helada se vio temblando,
pidiendo temerosa que el sol no se quebrante.

Extraños que se cruzan, las huellas que fracasan,
el océano como una herida que no cierra
155 y el océano inmenso abierto entre las almas
por donde la mirada se embarca, surca y yerra;

y abandonar la brisa en los alcores verdes,
y vivir en cobardía por amar sin miedos,
por amar los besos sutiles y por quererte,
160 por dejar que la luz se escribiese con los dedos.

¡Y que en mí septiembre siempre siembre esta semilla
que se malogra aciagamente mirando al cielo!
¡Septiembre del ocaso, septiembre de la herida!
¿Qué culpa estás vengando con tanto desconsuelo?

165 ¿Pretendes afligirme o buscas acabarme?
¡Amor sin continente!, amor que se quedó
en las leves horas derramadas por las calles,
en los almendros, en las pupilas, qué sé yo.

Yo pensaba: amar es suficiente y no lo era;
170 pero es que tan triste y tan oscuro y tan vacío
es un mundo en el que no está en el amor la fuerza,
que más allá no se aventura el empeño mío.

Porque, aunque lo queramos, amar no es suficiente.
Hoy te dejo, Amor: dejo un septiembre por tus labios,
175 y tu crepúsculo con su cicatriz perenne,
y la distancia grave que nos hará más sabios.

Nunca fuiste una opaca quimera de la carne,
porque, aunque un día creamos vernos en la incierta
plaza de un sueño, hoy sabemos, enfrente del mar, que
180 nunca ve la luz quien duerme sino quien despierta.


III

Me detengo ahora por aquellos que se fueron,
y que discretamente se marcharon ayer,
despoblando el hogar y tomando el rumbo serio
en que nos entramos para nunca más volver.

185 Cuando yo los conocí ya eran dos ancianos:
ella se quedaba en la tarea y en la cocina,
y él nos recogía de la escuela en relatos
dispersos con que un hombre se fabula e imagina.



Pero al pasar de los años nosotros crecimos,
190 y ellos también. No podía ser de otra manera,
A ellos se les cubrió la voz de pergamino,
y la piel con el ciego fervor de la madera.

Ante la razón que senilmente se agotaba
o ante una pregunta breve que se repetía
195 tanto, uno por no desdecirles se callaba
y con miedo uno por no asomarse se reía

al ver cómo se empecinan en el mar las olas.
La madrina se fue antes, lo dijo con voz clara,
que no, que no quería verse una tarde sola;
200 y el padrino esperó, conforme, a que pasara.

La sábana deshecha y el enigma ya resuelto,
la alianza que se había perdido en las baldosas...
tenía, como el mundo, su fuente en el silencio
sobre el que se escancian las palabras y las cosas.

205 Yo aprendí entonces lo rigurosa que es la muerte,
y cómo se resigna la carne, y cómo el grito
perdura congelado en una mueca inerme,
aire que se perdió buscando el infinito.

Como un fruto arrancado y mordido con hambre,
210 que se va pudriendo y va perdiendo su color,
el padrino se fue muriendo hasta marcharse,
como mueren todos los que mueren sin amor.

Pensando que ella estaba, le hablaba a sus fantasmas
con soliloquios que le lanzaba no sé a quién,
215 -quizá oyen los muertos a los que han perdido el alma-
sabe dios si ella lo estaba escuchando también.

Los pasos que se arrastran hasta el umbral del cuarto,
la voz terrosa: "Señor, no encuentro a mi mujer"
"No se recuperan las vidas que se han marchado
220 y tú también has visto al sol anochecer".

Las tardes recurrentes, los meses que pasaron;
ya ni se levantaba. Morir no es un estruendo
que te parte. Morir es irse sin saber cuando.
Y él, al verse sin ella, se nos fue muriendo.

225 La boca avara escarbando el aire, el esfuerzo
del pecho contraído, la tierra abierta y fría,
el corazón débil como un sol en el invierno,
la mar que se repliega, el alma, la agonía.

En los últimos días yo me quise acercar
230 y en un momento él me miró desde su hondura
con la maltrecha envidia que da la enfermedad,
y le esquivé los ojos... manos de una criatura

que se ahoga sin saber en qué mar o el destino;
y yo, por no hundirme con él, le esquivé los ojos.
235 Ante el naufragio latente que guarda el espíritu
no sé por qué, dios mío, yo le esquivé los ojos.

Si ya tenía media vida fuera, que se iba,
que cómo podía vivir quien vivió tan junto
que le estaban esperando, que él ya no quería,
240 que no quería vivir, que quería irse y punto.

Allí, junto a la cama de aquel señor sin hijos,
mudos porque nunca se lloró lo que se espera,
estábamos los cuatro que él guiaba en el camino,
pájaros sin rama trinando en la tronera.

245 Porque nos criamos con el tiempo antes que en la sangre,
yo le pedí al mundo otro hombre como tú al menos.
No sé a dónde fuiste, pero era alto tu linaje,
tu reino, la corta estirpe de los hombres buenos.

En un momento en que estaba solo ante el olvido,
250 con lágrimas absurdas y a discurrir reacias
y a pesar de mi voz sin tiempo y sin su oído,
me callé. Le cogí la mano. Le di las gracias.


IV

Yo esperaba la muerte que va a la inmensidad
o esperaba un presente eterno y redentor;
buscando entre uno y otro, me quedé esperando al mar
260 e intentando salvarme, allí, esperé al amor.

Pero el amor se fue. Tampoco vino el mar.
En la soledad de verme lejos y partido,
dejé, buscando, al pensamiento un sueño final
y al tiempo que transcurre entre la vida y el olvido.

265 He visto a los árboles crecer buscando al alba,
en el horizonte, otro espectro de sí mismos,
-egolatría ante la penumbra que se agranda-
y descubrir su silueta sola en los abismos.

Y he visto a los ríos abrirse en el manantial
270 y arrojarse impetuosos y hendiendo la llanura
acobardar el impulso al ver de cerca el mar
y advertir el trayecto vano en la noche oscura.

Y he visto al cielo embravecerse en la tempestad
y derramarse airado en la feroz tormenta
275 y luego quedarse tranquilo con el pesar
de sentir infecunda la furia que se ostenta.

Como ellos, siento el ardor del pecho que se anima
y en la ocasión se atreve en un fatal encuentro,
y me he visto lanzado en secas valentías
280 buscando fuera cuanto estaba ya en el centro.


Y puede que nos duela ver que nuestros trabajos
son costumbres en las que se van haciendo iguales
los segundos, las horas, los días y los años
y que el corto latido se llenó de rituales.

285 Y puede ser que un día el pasado vuelva
todo hecho de presentes, que vienen sin extremos
con que asirlos, y sintamos lo poco que pesa
en la memoria aquello que sin querer perdemos.

Pero nosotros tenemos la esencia inefable
290 de los seres sin número. El alma es un cuaderno
donde va dibujando el mundo a cada instante,
en un juego sin ruido, la sombra de lo eterno.

Y llegará la cólera a desolar la esfera
y la sepultura para los últimos hombres,
295 y la eternidad en que delira la existencia;
vendrá un dios venturo para recoger los nombres,

pero este lamento por lo que jamás regresa,
como decía el otro, es siempre todavía
un tiempo eterno en lo único, de un tiempo que se asienta
300 y se va haciendo humano en la melancolía.


V

Ha pasado casi toda una vida desde este poema y, al releerlo ahora, me provoca hasta ternura descubrir lo tremendo que se hace todo en nuestra edad temprana. Escribir tiene sus recompensas y, en este caso, una de ellas es el reencontrarse con uno mismo cuando no hay nadie con quien puedas recordarte. Evidentemente,
nadie nace para ser poeta.
De hecho, casi nadie nace siendo nada. Pero a este joven, que de vez en cuando escribía versos trasnochados y ampulosos, bien podría yo decirle, decirme, cuántas cosas se aprenden con los años y cómo el mismo sufrimiento, porque se acaba repitiendo, se hace menor. Recuerdo que nos dolía vernos arrancados de nuestros lugares y de nuestras costumbres,
temer el oscuro trazo de la tierra nueva,
y sentir ese exilio como una derrota. Y recuerdo también que tuvimos el egoísmo de lamentarnos porque todo seguía su curso sin nosotros. Supongo que nos entristecía ver cómo
la vida se fue labrando en la voz del sueño.
Y supongo que nos pesaba encontrarnos en aquel barco,
cerrado y suficiente por sí mismo,
y entregados al mismo tiempo a la infinitud del mar.
Y a pesar de todo, vimos morir a otros muchos y aprendimos a amar de nuevo, porque
la muerte persistía y el amor no se acababa. Aunque el amor, que no se agota, aún no sea suficiente. En tu nobleza hubieras dado la vida por los tuyos,
y dar la vida no es perderla.
Sólo nos quedó el verbo para refugiar lo que perdimos.
Nos fuimos, como se fueron tantos otros, y dejamos la patria
sabiendo que la tierra no es de nadie.
Vimos cómo marchan todas las gentes, todos buscando su camino para que al final ninguno se encuentre. Pero nosotros queríamos ser
como la luz que vaga sin encuentro
y en el tropiezo significa. Hoy al descubrirme en tus versos, quisiera cruzarme en los caminos de los otros, de aquellos que me olvidaron, o en los de los que yo olvidé. Todo es tan difuso
en el corazón de un extranjero.
Dejamos la tierra nuestra,
donde aún relumbrarán las palomas
en el aire de la plazoleta,
donde a veces ardía el amor,
y donde siempre ruge el mar.
Aunque no sepa si volveré algún día al regazo que me vio partir, yo os dejo.
Versos, volved con ellos porque no sois míos. 

(José María Novall) 

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