La guerra injusta me levantó y llevó en corrientes,
por mar y por escarpes, sin aire, alma y costado.
El tiempo aquí, con suspiros tiernos y calientes,
al oído de nieve, enciende a horas el pasado.
Dios mismo llama y quiebra la luna de mis dientes,
bajo el manto, con magia de abrazos encantados.
Con la dama de sonrisa viajo lentamente,
cruzando en su compaña, triste, de lado a lado.
Pero no encuentro destino sin tu esencial parte,
ni el reló sabe arrancarme un último lamento,
ni la tierra osa devorar el amor sentido;
y no hay guadaña que me dé olvido por amarte.
Aquí van, primeros y finales, nuestros versos:
Te quiero en mis recuerdos, recuerdo anochecido.
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